Silencio y oración (VIII)

Conferencia del Padre Diego de Jesús en la Basílica de Santo Domingo (Córdoba), 5 de Octubre de 2017

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8. El silencio como asombro y adoración

El silencio, como dijimos, tiene que ver con la verdad de algo. (Hay silencio en las cosas). No se construye sino que se habilita. Por eso es crucial desmarcarlo del acallamiento, del ocultamiento, del fingimiento. El silencio no es el efecto de un silenciamiento, sino todo lo contrario: es el efecto de la epifanía más profunda de la realidad.

Por eso, no se trata de callar. Callar no es el silencio. Es su condición si se quiere, pero no es él.

El silencio es el asombro mismo, a la vez que es su fruto y su causa. Por el asombro quedamos atónitos, silentes. Y por el silencio, la admiración crece.

El silencio de Cristo provoca asombro; cuando Cristo calla Pilato se admira (Mt 27,14), como ya dijimos. Y cuando habla, también. En uno y otro caso, nos silencia por admiración.

Verbo crescente, verba deficiunt, dice san Agustín. Cuando crece el Verbo, la Voz de Dios, decrecen nuestras palabras. Y esto no por un “mandato” sino como un efecto propio del avance de la Palabra de Dios sobre nosotros. Ella nos silencia.

Es de los silencios más lindos que nos atañen como contemplativos. Tanto en el orden natural como sobrenatural. Ese quedarse sin palabras, quedo, es el efecto de la maravilla que uno presencia, sea una flor o el Rostro de Jesús, sea una aurora o un ícono. No es una decisión, una opción: el asombro ocurre. Ocurre por impacto de lo maravilloso. Por eso, cuando el misterio es grande, es imposible no obedecerlo, como dice Exupery… cuando el misterio es grande, es imposible no silenciarse, valga reformular. (No está de más recordar la etimología de obedecer, que proviene justamente de saber escuchar).

Si con san Gregorio de Nisa repetimos que “sólo el asombro conoce”, podemos redoblar la apuesta y agregar: “y sólo el silencio adora”.

Con lo cual urge decir algo (escuetamente siquiera) sobre el Silencio en el Apocalipsis. Al inicio del cap 8 dirá: “Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo un gran silencio en el Cielo”. Habrá que recordar cómo viene la secuencia: el Libro sellado, blindado, impenetrable está en Manos del Padre. Es la Palabra de Dios en Dios y sólo para Dios. El ángel, afligido, se pregunta ¿quién podrá destrabar, des-clausurar el Libro y romper sus sellos? El vidente, al ver esto, rompe en llanto. Pues parece un imposible. Es el llanto del Hombre ante la posibilidad de un Dios no dispuesto a comunicarse, un Dios que se resiste a hablarnos.

Pero el Cordero sí es digno de abrir el Libro y romper los sellos. Y lo hace. Y es al hacerlo, al terminar de romper el séptimo sello, que este majestuoso silencio embarga el Cielo entero. Es un silencio de asombro, de admiración, de adoración. Un conmovido silencio de estupor y gratitud por el Deus dixit, porque Dios nos hable.

Parte IX

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