S.S. Benedicto XVI

Experimentar

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Hoy sabemos que, al experimentar, el observador se implica en el experimento y que ésta es la única manera de experimentar algo físicamente. Esto significa que tampoco en la física hay pura objetividad, que el resultado del experimento y la respuesta de la naturaleza depende del problema que se le plantee. En la respuesta siempre hay algo del problema y algo de quien lo plantea, en ella no sólo se refleja la naturaleza en sí, en su pura objetividad, sino también algo del hombre, algo de nuestro yo, algo del sujeto humano. Pues bien, en el problema de Dios pasa algo parecido. Tampoco hay aquí pura objetividad. Cuanto más alto está el objeto para el hombre y cuanto más afecta al núcleo del yo y cuanto más compromete al observador, tanto menos cabe la pura distancia, la pura objetividad. Cuando la respuesta es objetivamente imparcial, cuando el enunciado supera finalmente los prejuicios de la gente piadosa y se considera científico, entonces es que el que habla se ha engañado a sí mismo. Al hombre no le es posible esa objetividad. No puede plantear problemas y permanecer como puro observador; el que intente hacerlo, no experimentará absolutamente nada. Por eso, la realidad «Dios» sólo se le aparece al que se implica en el experimento con Dios, ese experimento que llamamos fe. Así pues, sólo el que se implica, experimenta. Porque sólo se pregunta cuando se participa en el experimento, y sólo al que se pregunta se le responde.

Ratzinger, Joseph. (2016). Introducción al cristianismo . España: Ediciones Sígueme.

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