Reflexiones

Del deseo de la admiración

17426368_593759840748631_8013112759803671305_n

Adora a Dios en verdad, quien pone toda su alma en Él, con los afectos de temor o amor, honor o reverencia y admiración. Éste es el solo culto verdadero y perfecto. Quien ofrece, pues, estos sentimientos a otro que no sea Dios, es un verdadero idólatra. Mas quien procure que los demás tengan para con él estos sentimientos, ¿qué otro papel hace, sino el del diablo, que no deja piedra para conseguir tal culto? Casi todas las quejas de los hombres se reducen a esto: o que han perdido sus dioses – las criaturas –, a las que rendían verdadero culto, o que a ellos no se les tributa este culto. Colige, por ende, cuánto abunda la idolatría, en ti y en el mundo entero. 

Ningún ser merece ser amado como verdadero bien, sino aquel cuyo solo amor hace feliz a su amante. Y esto no lo hace sino un solo Ser: el Ser que todo lo tiene en Sí; que no necesita de amantes; que ninguna utilidad práctica saca de ser o no amado. Tormento cruel es pretender ser el objeto de los pensamientos, afectos y esperanzas de otro y no poder pagar de algún modo semejantes atenciones. Éste es, ni más ni menos, el caso de los demonios, al querer que los hombres se ocupen en su servicio, en lugar del de Dios. Grita por tanto, a tus amantes: “Dejaos de una vez de admiraciones, reverencias ni otras honras. Soy un pobre hombre, que no os puedo prestar ningún apoyo, sino que necesito el vuestro”.

Has hecho cuanto estaba de tu parte por perder a todos los hombres. Te has interpuesto entre Dios y ellos. A ti se han de dirigir sus miradas, no a Dios. Tú has de ser el admirado y alabado. Para ti y para ellos es esto completamente inútil, por no decir dañoso.

La parte más digna en la criatura racional es la mente, sobre todo la mente piadosa. Y la parte más vil el cuerpo corruptible. ¿Te tienta la vanidad? ¿Quieres ser admirado de los hombres? Examina sus tristes consecuencias. Levanta la vista al Dios justiciero. Pretendiste ser admirado por la parte más noble de la criatura, como Dios, y Él te sujeta a la parte más baja, como bestia. Quisiste e hiciste cuanto estuvo de tu parte, por ser conocido, visto, alabado, admirado, venerado, amado y temido – honras éstas sólo a Dios debidas –. Justo es tu castigo: quisiste ser admirado de la mente humana, y has terminado esclavo del cuerpo humano. Pretendiste, – ¡perversa acción! –, usurpar lo exclusivo de Dios. Ahora tributas tú esto a los cuerpos corruptibles y mortales, pues les das de todo corazón lo que, según dijimos, se debía a solo Dios, v.g., amor, etc. Al intentar apoderarte de lo que es de Dios – ser alabado –, has perdido lo que es del hombre, – alabar al Creador –, tu fin como criatura. Por encima de lo más alto y por debajo de lo más bajo. Tendiste a lo más alto, diste en el vacío, y ahora estás por debajo de lo bajo, en el vacío, fuera de lugar. “Como el sarmiento – dice el Señor – será arrojado fuera” (Jn 15, 6).

“El amor para con el mundo, es enemistad para con Dios. Quien, por tanto, quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (St 4, 1). Quien está pegado a una cosa de este mundo, aunque no sea más que una mosca, está pegado al mundo. Mientras exista este apego, no habrá unión con Dios. Si quieres tener a los hombres pegados a ti, los quieres sin unión con Dios. Predicas el desprecio de las criaturas para adelantar en la unión con Dios. Mas, ¿eres tú, acaso, una excepción en este desprecio general? ¿Te atreverías a decir: “Dejadlo todo por Dios, menos a mí”, de modo que tú fueses el único obstáculo para la divina unión y causa, quizás, de su perdición? No es lo mismo amar a los hombres en Dios y por Dios, que amarlos según el mundo. Lo primero es caridad; lo segundo, afición desordenada.

Ermita Virtual

0 comments on “Del deseo de la admiración

Deja un comentario

error:
%d bloggers like this: