Amar en lugar de odiar

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Así como la gracia de amar se aprende desde la cuna, la capacidad de odiar proviene del mismo lugar.

Una niña le dice a su mamá llorando y apretando los dientes: “Fulanita se burló de mí en el recreo ¡La odio! Ojalá se muera”.
El maligno acaba de pasearse tranquilamente por medio de una pequeñita maleducada que no supera los diez años de edad. Si esa niña no recibe un freno con prontitud de parte de sus padres, se acostumbrará a dejar que el demonio entre y salga de su corazón cuando le plazca.

Un hombre cierra a otro con su automóvil con o sin culpa y recibe esta respuesta: “¿Usted es ciego?imbécil, etc, ojalá se estrelle” otro ejemplo del mal esparciendo sus semillas ¿Y la razón? Un error al conducir. El demonio siempre tendrá un pretexto para enseñarnos a odiar: un mal arbitraje en un partido, una diferencia laboral, una discusión por dinero, un malentendido. Cualquier tontería sirve de pretexto para odiar.

Alguien ha cometido un crimen: “Ese tipo no merece el perdón de Dios, ojalá le hagan lo mismo y peor!” Así se expresa el mal y no el bien, así no hablan los hijos del Señor, quienes por cierto, estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas, a amar y perdonar sin excepción, a ser misericordiosos siempre y con todos. A esto se le conoce con el término “conmiseración”, la capacidad que tenemos de amar a quien padece miserias.

El bien y el mal tiene una principal manera de expresarse, y es por medio de nuestro vocabulario y nuestras acciones. 

El odio es la máxima expresión del mal, una actitud instintiva del maligno, su fuerza y el vehículo por medio del cual se desplaza y destruye todo a su paso. Es dañino, desmembra, despedaza, desprecia, pudre.

No acepta el error, no perdona, tan solo busca venganza.

Las expresiones duras son la fuente en la cual crece su poder. Especialmente las malas palabras, gestos y claro esta, las acciones. 

Nuestro Cristianismo se pone a prueba especialmente cuando estamos llamados a perdonar y a pedir perdón.

El Señor nos advierte:
“Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar de lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca”.
(Mateo 12,34).

Personas que acostumbran maldecir, hacen que esas maldiciones recaigan sobre sí mismos. 

En Lucas 6,45 dice: “El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el hombre malo del mal tesoro de su corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Odiar es sencillo, hablar mal de los demás también, siempre existirán excusas para hacerlo. Responder al mal con mal es un comportamiento casi instintivo. Pero el Espíritu Santo al contrario, nos eleva hacia el bien, hacia el amor y la caridad:

“No te dejes vencer por el mal, antes vence el mal con el bien” (Romanos 12,21).

“El que guarda rencor y resentimiento hacia su prójimo, dejará que el odio haga una llaga en su corazón y le dará poder al mal sobre su alma” 
Padre Salesman

Los posesos, por lo general han caído en ese estado debido a la falta de perdón. El padre Amort, famoso exorcista, describía una posesión, como una llave a presión llena de odio que se ve obligada a reventarse. Un vientre del cual tiene que salir su contenido para no explotar. 

El odio es el alimento que mueve al mal y estar de su parte, sea cual fuere la razón, nunca podrá ser nuestra opción.

Pidamos al Señor que limpie nuestro corazón de cualquier mal sentimiento y recuerdo, que nos conceda la gracia de ser instrumentos de misericordia y compasión. 

Desde la cruz, Jesús despedazado injustamente por nuestras culpas y pecados, gritó mirando al cielo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Perdonemos también nosotros a ejemplo del Señor. A nuestro prójimo e incluso perdonémonos a nosotros mismos por el pecado con el cual tanto daño hemos hecho a nuestra alma.

Dios los bendiga

– Felipe Gomez

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