Gustavo Seivane

Hay que renacer de lo alto

El Papa Benedicto XVI nos había advertido acerca de un fenómeno dramático de nuestro tiempo: «La pérdida del sentido de pecado».

El pecado no es inocuo. No acontece sin dejar marcas, sin horadar la sanidad de un pueblo, sin operar su daño en el  entramado del cuerpo social. Nuestros pecados, como miembros de la Iglesia, tampoco dejan de producir  lastimaduras y sangrías. Sufre entonces un debilitamiento el Cuerpo místico. Porque la cizaña corroe. Y a ella se le opone la santidad. La virtud.

¿Acaso no dice Jesucristo que el que peca se hace esclavo del pecado? ¿Y no dice el Apóstol que el salario del pecado es la muerte?

Si algo se palpa en nuestra época, junto con la pérdida del sentido del pecado, es la pérdida del temor de Dios. Se ha diluido. Se apocó el ánimo ante Aquel que Es. Ante su Santidad, su Trascendencia, su Majestad divina. Es un tiempo de exaltación del orgullo. Y aún de la arrogancia y la rebeldía. Un humanismo peligroso lo invade todo. Un arrojar al exilio, como una exclusión de las conciencias, a aquel que es Señor de señores, Soberano, y, Todopoderoso.

No parece siquiera poder comprenderse palabras como las del profeta Isaías: «Ay de mí, perdido soy, pues siendo un hombre de labios impuros, que habita en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Yahvé Sebaot».

O aquello de Abraham, sobrecogido de súbito temor, intercediendo por Sodoma dice: «Te ruego, porque he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza»… Jacob exclama al despertar de su sueño: «¡Verdaderamente el Señor se halla en este sitio, y yo no lo sabía. ¡Qué terrible es este lugar!»

En un tiempo de ligerezas y confusiones varias, la Iglesia proclama este Evangelio, con la firmeza de la fe y sabiéndose amparada bajo las alas de la Verdad. Jesucristo dialoga. Pero su dialogar no es un hacer componendas. No busca complacer al errado. No se priva de incomodar a su interlocutor. Y esto por amor. Porque en un verdadero diálogo, si no se ama la verdad, todo resulta inconducente. Jesucristo es nuestro Maestro. A Él buscamos imitar como buen Pastor, y no a los lobos.

El Señor dialoga con Nicodemo y lo conduce a la verdad. ¿Acaso no enseña la Biblia que el amor se regocija en la verdad? Y Cristo es Verdad, Amor, y Vida.

No decimos una vanidad si decimos que Jesús vino al mundo para que los hombres «tengan Vida, y la tengan en abundancia». En su diálogo con Nicodemo, Jesús le asegura que esa Vida es nueva, pero de una novedad radical. Tan radical que para recibirla es necesario nacer de nuevo. Hay que renacer de lo alto, por el agua del Bautismo, y por la acción del Espíritu. Así se comienza a participar de la Vida de Dios.

Y esos caudales de Vida divina están llamados a crecer, a expandirse, a anegar la vida de los hombres, de los pueblos, de la realidad toda.

Y para eso era necesario la elevación del Mesías. Y en un doble sentido. Ser elevado en la altura de la Cruz, y ser exaltado a lo más alto de los cielos. Una realidad supone a la otra.

Cristo redime con su sacrificio, y Cristo desde su promoción a la derecha de Dios dispone del Espíritu Santo para darlo, infundirlo, y operar el renacimiento espiritual, en y con su Iglesia.

Cristo elevado en la Cruz realiza la derrota del adversario, nos compra con su Sangre, y nos alcanza el perdón. Cristo murió por nuestros pecados. Y Cristo resucitó, ascendió, para que tengamos Vida en su Nombre. «Les voy a preparar un lugar, y cuando haya ido y les haya preparado un lugar volveré, y los llevaré conmigo».

«Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna». «El que cree en él, no es condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

El Amor nos mira desde la Cruz. La Verdad nos libera desde la Cruz.

Cristo nos ama, nos ilumina, nos libera por los méritos de su Cruz.

La Cruz, como hora de las tinieblas, como furor diabólico, fue convertida por el amor de Cristo en su propia exaltación. Elevado, dará la Vida eterna. No pudieron con él, ni el mal ni la muerte. Venció.

Su victoria es ahora ofrecida. Y ese es nuestra espiritual gozo.

Y nada de esto, en tanto fascinante misterio, nos puede hacer laxos de conciencia, o despreocupados de los alcances del pecado. Más bien, nos anima a responder santamente, a luchar por la Verdad, a sembrar la buena semilla del Reino, a cuidar los tesoros de la gracia, a resistir al Tentador, a levantar el estandarte de la esperanza en medio de la gran tribulación.

Mientras avanzamos con nuestras cruces, dejando atrás y al costado lo que nos ata a lo pasajero, eso que nos quiere sacar de este camino de luz, lo que siendo inferior busca seducirnos, lo que incluso oponiéndose a Cristo no cesa de procurar que vivamos como instalados en este mundo; mientras avanzamos, digo, en medio de pruebas y desafíos cada vez más aberrantes, nadie puede robarnos el gozo de ser de Jesús. Ser del Señor de señores y Rey de reyes. Del amigo santísimo. Del divino Hermano. Del Altísimo Jesucristo —como felizmente recitamos cuando cantamos el Gloria, Altísimo Jesucristo—. Y de gustar, anticipadamente, los bienes que de Él nos llegan.

También se eleva a Cristo en la Eucaristía. Se lo eleva como Cordero. El único que puede abrir los sellos.

Todos los mordidos por la serpiente. Todos los inoculados con su veneno. Todos nosotros, los pecadores, en Él, y sólo en Él, encontraremos la sanación a nuestras miserias.

La misericordia y la fidelidad de Dios están aseguradas. Pero ese no es el problema de nuestro mundo. El problema está dado en que se vive como si no hiciera falta ninguna misericordia, porque no hay sentido de pecado.

Por eso, en la boca de Cristo resuenan claras como el cristal las palabras: «Conviértanse». «Crean».

Lo que Dios quiere es que vivamos. No se ha contentado con darnos una vida natural, una vida con su principio, y fin, sino que ha querido darnos una Vida sin término, una Vida en él, una Vida participada en su mismo esplendor; vida en abundancia. Vida eterna y gozosa. Vida santa, desbordante e inacabable. Vida de amor. Vida transparentando a Dios. Vida verdadera.

Y para esto hay que creer en Jesucristo. Y por esto, creyendo en el Señor, la Iglesia lo eleva en el sacrificio eucarístico diciendo por boca del sacerdote: «Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, felices los invitados al banquete del Señor».

P. Gustavo Seivane

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