Ignacio Larrañaga

Acepten esta realidad: están solos en la vida

Acepten esta realidad: están solos en la vida. Esto, sin embargo, no es una mala noticia, es una buena noticia.

Supongan ustedes que esta mesa es una cama y en esta cama estoy yo muriendo. Y en este momento en que yo estoy haciendo la travesía de la vida a la muerte, me están rodeando las personas que más me quieren en este mundo, que con su presencia, palabra y cariño intentan estar conmigo. Hijos, papás, hermanos, amigos… ya saben que me muero y están ahí como expresión de cariño y afecto. Pues bien, por muchas personas, palabras y cariño que yo tenga a mi derredor en este momento, en este momento me siento y soy solo, solo, solo, solo. Sus palabras podrán llegar hasta mis tímpanos, pero en las latitudes últimas y profundas en que yo soy yo solo y una sola vez allí, allí no llega nada, allí no llega nadie. Sus caricias podrán rozar mi piel, pero en las profundidades inefables y últimas en que yo soy yo solo y una sola vez allí, allí no llega nada, allí no llega nadie. En resumen, amigas y amigos, me voy y lamento tener que decirles que ustedes no pueden venir conmigo. Me iré solo. Al final, he vivido solo y me voy solo.

Y esto que aparece en el caso de la muerte, en la vida igual. Ustedes tienen un disgusto formidable, vendrán sus amigos y le dirán: «No tengas miedo, todo se pasará, has sido víctima de una incomprensión, ¿y sabés que más? Solidarizamos contigo. Cuenta con nosotros hasta las últimas consecuencias». Palabras. Y supuestamente muy sinceras. El momento en que usted perciba que esas palabras se las llevó el viento, usted percibirá que usted, solo usted y nadie más que usted carga con el peso de su propio disgusto. En los momentos decisivos, fuertes e importantes de la vida captamos nítidamente ser y estar solos.

Como digo, sin embargo, esto no es una mala noticia, ya lo diremos.

Entonces, conclusión: no se anden igual que los neuróticos y los infantiles, echando las culpa a todos, toda la vida, síndrome de lo que se llama de víctima. La culpa la tienen los hermanos, la culpa tiene la familia, la culpa la tienen los papás, la culpa la tienen los hijos, la culpa la tienen los políticos… todo el mundo tiene la culpa y yo soy una pobre víctima… y no voy a decir feliz, pero no sé qué satisfacción es sentirse víctima. Miren, es una enfermedad.

Pues, para que no se pase la vida entera echando la culpa a todos, le digo esto: No espere nada de nadie. No espere nada de sus hijos, no espere nada de parientes, no espere nada de políticos, no espere nada de los eclesiásticos, no espere nada de éste que les está hablando, pero esperen todo de ustedes mismos. Ustedes son portadores de unas potencialidades salvadoras infinitamente más grandes de las que se imaginan.

Conclusión: ¡Sálvense a sí mismos! No estoy hablando, naturalmente, de la salvación de mi alma que nos consiguió Nuestro Señor Jesucristo con su Pasión y Muerte, sino que estoy diciéndoles: ¡sálvense de los miedos! ¡sálvense de las angustias! ¡sálvense de las tristezas! ¡sálvense de todo aquello que hiere su corazón, lastima e hiere su corazón! Sálvense de todo eso.

Porque los que sufren hacen sufrir, y los que están en guerra meten guerra, y los que están en conflicto meten conflicto. (…) Los neuróticos, neurotizan. Y podríamos colocar muchos otros ejemplos pero es suficiente.

Es utopía, por ejemplo, que yo les diga a ustedes: «Ámense unos a otros». Si ustedes están en conflicto con ustedes mismos, en forma de conflicto se van a relacionar con los demás. Si yo quiero hacer de ustedes mujeres y hombres del Evangelio, es decir, en una sola palabra y sintetizando, capaces de amar —pero amar, ya sabemos que esa palabra que es mágica pero equívoca también, amar en el sentido evangélico de la palabra: despreocuparse de sí, preocuparse de los demás; ser insensible para sí, ser sensible para los demás; buscar a los carentes de amor, no carentes de dinero, sino carentes de amor y de comprensión e inundar el mundo de amor que éste es el destino de todo cristiano… Si yo quiero hacer de ustedes hombres y mujeres portadores de los valores eternos del Evangelio como son la esperanza, el optimismo, la alegría, la paz… valores profundos del Evangelio. Si yo quiero hacer de ustedes portadores e inundadores de la sociedad de todo esto, un sólo camino tengo por delante: hacerlos felices. Pero nadie de ustedes va a ser feliz, pero sí más feliz. Y serán más felices en la medida en que sufran menos. (…)

En la medida en que yo les enseñe y ustedes practiquen a experimentar la vida como un privilegio, la vida y su persona, siempre son dos cosas, su persona y su historia, siempre son dos cosas; y experimentar como una gran dicha y verdaderamente como un privilegio de Dios, y sentirse cada vez mejor respirando en la vida, y sentirse cada vez más gozoso y dichoso en la vida… En la medida en que yo les enseñe y ustedes practiquen, a partir de ese momento no hace falta que les diga a partir de ese momento: «Ámense unos a otros».

¿A la luz le van a decir ustedes que ilumine? La luz es aquella cosa que por su naturaleza se difunde, se irradia e ilumina. ¿A una persona feliz le van a decir ustedes que haga felices a los demás? Una persona feliz automáticamente hace feliz a los demás. Los que tienen amargura, meten amargura. Los que tienen dulzura, meten dulzura. Los que llevan guerra, siembran vientos de guerra. Los que llevan paz, inundan y contagian de paz. Y un etcétera interminable. Los que tienen contento, inundan contento en su entorno. Los que tienen descontento, meten descontento. Y así un etcétera interminable.

De manera que digamos, el capítulo primero, mandamiento número uno del Señor Dios Nuestro Padre para con sus hijos, es que estos hijos sean felices. Porque ésta es la única manera cómo estos hijos harán felices a los demás. Serán capaces de amar en la medida en que estén en armonía y en paz y gozo de vivir consigo mismos.

P. Ignacio Larrañaga, Abandono.

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