Para ver a Dios “tal como es”

Para ver a Dios “tal como es” el ojo lo mismo que la oreja tiene necesidad de ser purificado. De lo contrario, corre mucho el riesgo de no ver más que un espejismo, una proyección.

Nuestra mirada está tan a menudo cargada de memoria, de juicios, de comparaciones…

Quien haya visto tan solo una vez una rosa sabrá lo que es orar…

La rosa es un rostro.

Ahí donde los hombres veían una adúltera o una pecadora, Jesús veía una mujer; su mirada no se detenía en la máscara o en el gesto, él contemplaba el rostro.

Orar es contemplar el rostro de todas las cosas, es decir su presencia, su tuteo fraternal que nos hace un gesto de la ternura de Dios.

Uno es siempre bello ante la mirada de un hombre que ora; él no está engañado por nuestros remilgos, sino que mira más lejos, hacia lo que nosotros somos de mejor. El mira a Dios.

Para orar mejor, si nuestros ojos comenzaran a ver lo que ven, si nuestra mirada se tomara el tiempo de posarse y de reposarse en lo que ve, descubriría que todas las cosas nos miran, que todas las cosas oran.

Dejar de poner etiquetas.

Pasar de la observación a la contemplación, tal es el movimiento de la oración de los ojos.

Captar todo lo que hay de invisible en lo que se ve.

Ir hasta ese punto inaccesible donde se encuentran las miradas.

Ver deviene visión.

Visión deviene unión.

Jean Yves Leloup

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