José Luis Martín Descalzo

Los ojos eran verdes

En casa de mi amigo Carlos han vivido esta semana una muy curiosa tragicomedia. La cosa empezó cuando, a media tarde, mientras mi amigo, encerrado en su despacho, ponía al día los muchos papeles atrasados, entró su hijo Carlitos, el pequeño, y le espetó:

—Papá, ¿de qué color son los ojos de mamá?

Carlos tardó en reaccionar unos cuantos segundos. Y al final tartamudeó:

—¿Qué has dicho?

—Que de qué color son los ojos de mamá. Es que nos han pedido en el cole una redacción sobre cómo es nuestra madre, y el color del pelo me lo sé, pero el de los ojos…

El niño miraba a su padre con la exigencia de un inspector de impuestos. Y Carlos comprendió que no podía responder a una pregunta tan elemental. ¿Eran pardos? ¿O verdes? ¿O aceituna? Se dio cuenta de que hacía muchos años se «sabía» de memoria los ojos de su novia, pero que ahora, tras veintidós años de casado, los había olvidado. Los veía todos los días, a todas las horas, pero ya no sabía su color.

El problema creció cuando ambos comprobaron que Rosa, la hija mayor, tampoco lo sabía. Y lo ignoraba Ignacio, el segundo. Y Angelines, la tercera. Y los cinco sentían cómo dentro de ellos crecía una enorme vergüenza por ignorar algo tan de cajón.

Por eso cuando Elisa regresó de la compra —¡Verde! ¡Verde! ¡Verde!— no entendía nada al ver que los cinco de la casa contemplaban su rostro como si tuviera pintados monos en la cara. Y descubrían —o redescubrían— que los ojos de su madre y su esposa eran infinitamente más bonitos de lo que ellos imaginaban.

Me gustaría hacer esta pregunta a todos mis lectores. Eso. Cierren ustedes los ojos y pregúntense de qué color son los de su ser más querido. ¿Verdes? ¿Pardos? ¿Azabache? ¿Azules? ¿Aceituna?

Los hombres vivimos en la rutina, amordazados por ella. Anestesiados. Podemos estar junto a la novena maravilla del mundo sin enterarnos sólo con que llevemos a su lado los años suficientes para haberla olvidado.

Yo he tenido siempre mucha compasión hacia quienes tienen que vivir junto a un milagro artístico. Por ejemplo, hacia la gente que vive frente a la catedral de Burgos o junto al templo de la Sagrada Familia en Barcelona. Han nacido a su sombra, han jugado a sus pies; ya jamás alzan hacia esos milagros los ojos. Se asombran, incluso, de los rostros de los turistas alucinados que por primera vez los con- templan. Porque ver una cosa un millón de veces no aguza la vista, sino que se convierte en ceguera.

Supongo que por ese desaguadero de la rutina perdemos la mitad de los gozos de la vida. Somos —como dice el refrán castellano— como esos tordos de campanario, que ya no se espantan de los golpes del badajo, o como los pasteleros, que terminan por aborrecer el sabor de los dulces.

La costumbre —me parece— es algo que no está mal inventado. Es duro vivir en carne viva y nos la han puesto como una piel para soportar las heridas de la realidad. No podríamos vivir si fuéramos del todo conscientes de tanta violencia como hay en el mundo o de tanta belleza como late en la vida de cada uno de nosotros. «La costumbre —decía Becket— es una gran sordina.» Gracias a ella olvidamos o ponemos entre paréntesis la idea de que un día moriremos o la de que el tiempo se nos va como arena entre las manos. Y así vamos llenándonos de pequeñas costumbres que son como terrones de azúcar que nos diera un gran domador. Balzac contaba que «muchos suicidas se han detenido en el umbral de la muerte ante el solo recuerdo del café donde todas las tardes van a jugar su partida de dominó».

Pero si la costumbre nos mitiga el miedo a morir, también nos roba buena parte del placer de vivir. Nos levantamos, trabajamos, sudamos, vemos el cacharro que llamamos televisión, nos acostamos. ¿Vivimos? Al fin la vida se nos vuelve un simple tejido de costumbres. Costumbres que, incluso, siguen viviendo cuando han muerto las razones por las que surgieron.

Un amigo mío, alcalde de una gran ciudad, se preguntó hace años con asombro qué hacía un determinado guardia que vigilaba a diario un determinado jardín. ¿Había en él problemas de moral pública que debían evitarse? ¿Era aquel jardín lugar de cita de rufianes? Investigando descubriría mi amigo que hacía siete años habían ordenado que un guardia vigilase aquel jardín, en el que habían pintado recientemente todos los bancos, para evitar que la gente se untara en ellos. Y siete años después, cuando los bancos no sólo se habían secado, sino que hasta habían perdido su pintura…, allí seguía aquel guardia a diario ya no se sabía para qué.

Las costumbres nos encadenan, nos empobrecen. Yo me he preguntado muchas veces qué sentiría Adán el día que vio morir la primera flor o al llegar la primera noche de la historia; qué experimentó la primera mujer el día que le dijeron que había que enterrar a su primer hijo muerto. ¡Ah, si todos los hombres fuéramos Adanes que viviéramos todas las cosas como si acabaran de surgir recién nacidas! Nosotros creemos vivir, pero «remasticamos la vida de los muertos», que decía Pirandello; damos vueltas y más vueltas al lenguaje que nos dieron ya gastado y a las costumbres que elaboraron nuestros abuelos y nos legaron como vestidos prefabricados, a su medida y no a la nuestra.

Habría que vivir siempre como si acabásemos de nacer. Vivir en el asombro, como seres recién estrenados. Sólo entonces gozaríamos ante el milagro del sabor de la naranja, de la belleza de ese paisaje que, ante nuestra casa, ya ni contemplamos. Sólo entonces saborearíamos la maravilla de los ojos verdes de nuestro ser más querido.

José Luis Martín Descalzo, Razones para la Esperanza.

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