Quemar a Judas

Me cuenta un amigo sacerdote que, en su parroquia, entre las «nuevas» formas que buscan los jóvenes para celebrar la Pascua, hicieron la ceremonia de quemar monigotes representativos de Judas. Y pienso que, por de pronto, la ceremonia tiene muy poquito de nueva: hace muchos siglos ha venido repitiéndose ese gesto los Viernes Santos en muchos lugares de Europa. Pero tengo que preguntarme, además, si esa ceremonia será cristiana y, más aún, si con ella se celebra realmente la resurrección de Cristo. ¿No habrá en esas llamas algo dramáticamente pagano y lamentablemente hipócrita? ¿No será una forma demasiado cómoda de cargar todas las responsabilidades de la muerte de Jesús sobre el chivo expiatorio de Judas, esquivando así las que a nosotros nos competen en ello y acallando los gritos de nuestra conciencia, que nos lo reprocha?

Verdaderamente, la figura de Judas ha impresionado a los hombres de todos los tiempos, pero parece que obsesionará a los modernos. Raro es el año que no aparece una nueva obra teatral, una novela, un ensayo que no intente dar la explicación de lo inexplicable. Porque la historia de Judas es como una tragedia de la que sólo hubiéramos encontrado el tercer acto: conocemos el desenlace, sabemos que vendió a su Maestro y que se ahorcó después, pero ignoramos los dos primeros actos: quién era, cómo era, cuándo y por qué comenzó su traición, qué pensaba y sabía de Jesús, si llegó o no a conocer o sospechar su divinidad, por qué vericuetos su amor a Jesús, si alguna vez lo tuvo, llegó a convertirse en odio o repulsión. Son preguntas que nadie nos contestó jamás. E incluso nos dejaron en el aire cuando la horca hizo caer el telón sobre su vida temporal.

Pero el hombre no se resigna a esos silencios. Sabe muy bien que la historia de Judas no es una anécdota fragmentaria de un suceso perdido. Hay en su traición algo que nos atañe, que podría aclarar u oscurecer nuestro destino. Por eso no cesamos de hurgar en sus entrañas, no le dejamos descansar en su tumba. Rebuscamos. Si no hallamos, inventamos. Y luego descubrimos que ninguno de esos inventos nos sacia, que ninguno es mejor que el anterior. Y así coleccionamos Judas como mariposas, sin que el bisturí de la imaginación logre penetrar en los laberintos de un alma que no tiene ni entrada ni salida, que se nos escapa, que se nos escapará siempre. Porque los evangelistas —lo mismo que la mayoría de los pintores, que han preferido pintarle de espaldas o de escaso perfil, por no atreverse a dibujar su rostro— han preferido enfrentarnos a su misterio borroso.

Y nuestra «colección» de Judas sigue creciendo. La iniciaron ya los evangelistas apócrifos con todo tipo de teorías. En un arranque de antifeminismo, el llamado «Evangelio de los doce apóstoles» echa la culpas a la mujer de Judas, una esposa avarienta que le habría empujado a la traición. No menos fabulístico, pero más agudo, el llamado «Evangelio árabe de la infancia» busca las raíces en la infancia de Judas: un niño endemoniado, compañero de juegos de Jesús, que un día, encolerizado, habría llegado a morder a su amiguito en el mismo lugar que muchos años después abriría la lanza.. Ni falta entre los autores de los apócrifos el integrista que, como un ultra de hoy, se inventa un Judas «infiltrado» que, siendo sobrino de Caifas, habría entrado en el Colegio apostólico sólo para vigilar de cerca a Jesús y venderle cuando se hiciera verdaderamente peligroso. Y hay ya en el siglo II un llamado «Evangelio de Judas», que precederá a todas las fantasías que decimos modernas, inventando un Judas santo que, conociendo la necesidad de que Jesús muriera, se habría ofrecido, en homenaje a Cristo, al horrible papel de traidor para que así se cumpliera la Escritura.

Pero es al hombre moderno a quien la figura del Iscariote intranquiliza más. Ya casi nadie acepta hoy la acusación de San Juan, que veía el origen de todo en la avaricia. Y se buscan mil explicaciones complicadas. Andreiev —con tono de psiquiatra— busca el origen de todo en una deformación física de Judas: cheposo, feo y repugnante, habría vivido en el desprecio, y cuando alguien, Jesús, le brinda por vez primera una mano amiga, la habría mordido, acostumbrado como estaba a ser eternamente humillado. Lanza del Vasto, por el contrario, pintará un Judas racionalista, superinteligente: el único que entiende la profundidad de Jesús, pero que, desde su inteligencia sin amor, no puede soportar verle «corromperse por la ternura». Riccioti y Guardini apuntarán a la hipótesis de un amor que fue convirtiéndose en odio, gracias a ese rechazo que los mediocres sienten hacia los santos que les desbordan. Gorman y Six pintarán un Judas fariseo que sigue a Jesús mientras cree que viene a purificar la religión de los judíos, aero que le traicionará cuando vea que está predicando algo distinto y revolucionario que destruirá para siempre la vieja ley y el templo. Muchos otros —Bruckberger, entre ellos— se inclinan hoy por la hipótesis celóte: Judas sería un político violento, que se desengañaría del Jesús pacífico, que no viene a devolver a Israel el poderío político, sino el cambio de las almas. Papini elegirá la más vulgar de las explicaciones: Judas sería simplemente un cobarde que, presa del pánico, buscaría su salvación personal al ver a Jesús amenazado. Y las corrientes más de moda hoy —Frieberger, Rene Schow, Ghelderode, Pagnol, Puget y Bost, a los que se suman las recientísimas novelas de Brelich, Berto y Panas— volverán a lanzar la figura del «buen Judas», que arranca de la viejísima secta de los cainitas del siglo.

Mas la puerta de ese alma sigue cerrada. Y, al fin, tanto quienes tratan de exculparle como quienes le queman, intentan escamotear la pregunta decisiva que formuló Guardini: «¿Fue Judas el único que se sintió atraído por la traición? No deberíamos hablar del traidor como de alguien lejano y externo. Judas nos revela a nosotros mismos.

Esta, sí, es la gran verdad: el Iscariote está entre nosotros. Judas somos nosotros. ¿Quién, en su vida real, no ha traicionado miles de veces las verdades más queridas? ¿Quién no ha violado sus más hondos sentimientos y malversado sus más formajes promesas? ¿Quién no se ha cambiado de chaqueta y orientado hacia el nuevo sol que más calienta? ¿Quién no se ha «acomodado» a las nuevas circunstancias? ¿Quién no ha ignorado a su prójimo, que no es otro sino Cristo?

En verdad que Judas ha tenido y tiene muchos más seguidores que el propio Cristo. En verdad que hay más trozos en cada una de nuestras almas que le pertenecen a él más que al amor.

Y es malo reírse de sus treinta monedas. ¿Acaso los motivos por los que nosotros traicionamos valen más que ese miserable precio? ¿Es que una vanidad, un odio, una venganza, una pizca de seguridad o un puesto de mando son en rigor más valiosos?

Mejor será, por si acaso, no quemar a Judas, porque arderían nuestras almas con él. Entremos más bien en la política, en el trabajo, en las mismas iglesias y gritemos desde la puerta: «¡Judas!» Veréis cómo millares vuelven —volvemos— la cabeza.

Mejor entendía las cosas aquel niño que a principios de siglo sentía una profunda pena por el apóstol traidor. Aquel niño —George Bernanos se llamaba— dedicaba todos sus ahorros infantiles a mandar decir misas por el alma de Judas. Y como temía que los curas rechazasen sus intenciones si decía por quién las aplicaba, decía sólo que las ofrecieran «por un alma en pena».

Tal vez el pequeño Bernanos intuía que, en realidad, aplicaba sus misas por la humanidad entera. Por nosotros.

José Luis Martín Delcalzo

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