«Reina» no ríe

Antonio Gala escribe en su último artículo que, a lo largo de la mañana, le pareció que a su «Troylo», en la foto que de su perro tiene encima de la mesa, «le sonreían los ojos». Y yo, leyéndose, me muero de envidia. Porque llevo seis años intentando enseñar a sonreír a «Reina» —mi gata— y tengo que confesar mi rotundo fracaso. Cuando ella me mira, a través de sus brillantes ojos felinos, logra expresar sorpresa, admiración, asombro, curiosidad. No más. Jamás ha aparecido en su rostro la sonrisa. No la usa para salir a saludarme. No aparece en su mirada cuando le pongo su comida. Hasta cuando juega lo hace con seriedad de esfinge. Y tengo que resignarme a aceptar que no es humana.

Digo esto porque yo siempre he pensado que lo que distingue al hombre del animal no es la racionalidad, sino la capacidad de sonreír. Pero… si esto es así, ¿por qué los hombres nos reímos tan poco? ¿Es que tan sólo somos hombres en esos pequeños rinconcitos de nuestra existencia en los que la sonrisa ilumina y vivifica nuestra alma y nuestro rostro? La verdad es que tampoco pensamos con excesiva frecuencia y que las más de las horas nuestra cabeza flota en galaxias no humanas, pero me temo que, si pensamos tan poco como nos reímos, no debe de ser demasiado extensa ni profunda la humanidad que de hecho utilizamos.

Lo peor del asunto es que dicen los sociólogos que la risa es un don de creciente escasez. El mundo —dicen— aumenta en seriedad, se multiplica en aburrimiento.

Eça de Queiroz echaba la culpa a la civilización: «La humanidad se entristeció por causa de su inmensa civilización». ¿No será más bien por culpa de nuestra inmensa descivilización? Yo prefiero, con mucho, la tesis de Martin Grostjahn, para quien «el humor pertenece a los estadios superiores del proceso humano». Porque ¿cómo diríamos que el mundo mejora si ganáramos en automóviles y perdiésemos en sonrisas? ¿Seríamos más felices teniendo calefacción y careciendo de alegría? Dostoievski hace gritar a uno de sus personajes en Los hermanos Karamazov: «Amigos míos, no pidáis a Dios el dinero, el triunfo o el poder. Pedidle lo único importante: la alegría». (Y espero, angustiado, entre paréntesis, que ninguno de mis lectores caiga en la tentación de replicarme que teniendo esas tres cosas o una de las tres se tiene la alegría).

Claro que, cuando hablo de la risa, no estoy refiriéndome a la carcajada. Los tontos se ríen mucho y sonríen poco. Quienes tienen más alma suelen ser escasos en carcajadas y no desatan la sonrisa de sus labios.

Yo suelo fiarme poco de los que racionan sus sonrisas. Creo que tenía razón Rubén Darío al afirmar que, «generalmente, los hombres risueños son sanos de corazón». E hizo bien al poner eso de «generalmente», porque habría que excluir a los anunciantes de dentífricos. Y también a quienes planifican sus sonrisas siguiendo los consejos de Dale Carneggie.

Más peligrosos aún son los que no digieren el humor, los que se irritan cuando, a ellos o a sus ideas, no se les toma «suficientemente en serio». Un buen amigo mío, Bernardino Hernando (en un precioso libro que acaba de publicar y que se titula El grano de mostaza), defiende la acertada teoría de que «el débil disimula su miedo y su debilidad bajo una capa de solemnidad, mientras que el fuerte los supera por el humor». Exactísimo. No hay nada más vacilante que un hombre campanudo. Y poco tiene que temer el que cada mañana, ante el espejo, se ríe buenamente de sí mismo.

Por lo demás, yo diría que no hay cosa mejor que un escritor bienhumorado. Lo que a mí no me gusta de los revolucionarios (de pacotilla) es que se toman a sí mismos terriblemente en serio y se creen que dicen cosas tanto más importantes cuanto más avinagradas. Un revolucionario verdadero me parece a mí el que siembra sus ideas entre sonrisas. Tiene, al menos, muchas más posibilidades de que esas ideas calen en los hombres.

Cuando yo recuerdo mis años infantiles descubro hasta qué punto se han ido al cubo de la basura casi todas las ideas que me predicaron aburridamente. Bastante hice con soportarlas corno para, además, hacerlas mías. En cambio, hay algo que no olvidaré: las charlas que nos daba don Angel Sagarmínaga, uno de los seres más sonreidores que han pisado este planeta. Don Angel llegaba a mi seminario y se ponía a hablarnos de misiones, y en cuanto percibía que nuestra atención comenzaba a desfallecer, se detenía y, o nos contaba un chiste, o se ponía a silbar a dos voces. Para el niño que yo era, aquel silbido era tan misterioso e importante como las cataratas del Niágara. Y aunque a los ojos de los sabios aquello hubiera parecido una tontería, lo gracioso es que ahora no puedo escuchar un silbido —de hombre, de tren o de pájaro— sin pensar en las misiones.

Hombres así ensanchan el planeta y hasta aclaran la fe. Bruce Marshall contaba que él —acostumbrado de niño a la seriedad de la liturgia anglicana— comenzó a pensar que le gustaba más el catolicismo el día en que vio que, en una iglesia, cuando a él se le cayó una moneda y fue a colarse entre las rendijas de la calefacción, el cura, en lugar de reñir a los chiquillos por sus risas, se reía él también. Un Dios —pensó— que deja reírse a los suyos en la iglesia resulta bastante inteligente.

Y ahora me río yo pensando que todas estas divagaciones surgieron a propósito de que «Reina» —mi gata— no sonreía. Me tranquiliza aquella idea, que algunos escritores atribuyen a San Francisco, de que no es seguro que no haya animales en el cielo. Si esto fuera cierto, seguro de que en el cielo reirían. Reiremos todos. El cielo o es una oleada de risas, o no es el cielo de Dios.

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