José Luis Martín Descalzo

Se ama con las manos. Y todo lo demás es literatura.

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Hay una vieja leyenda eslava que cuenta la historia de un monje, Demetrio, que un día recibió una orden tajante: debería encontrarse con Dios al otro lado de la montaña en la que vivía, antes de que se pusiera el sol. 

El monje se puso en marcha, montaña arriba, precipitadamente. Pero, a mitad de camino, se encontró a un herido que pedía socorro. Y el monje, casi sin detenerse, le explicó que no podía pararse, que Dios le esperaba al otro lado de la cima, antes de que atardeciese. 

Le prometió que volvería en cuanto atendiese a Dios. Y continuó su precipitada marcha. Horas más tarde, cuando aún el sol brillaba en todo lo alto, Demetrio llegó a la cima de la montaña y desde allí sus ojos se pusieron a buscar a Dios. Pero Dios no estaba. Dios se había ido a ayudar al herido que horas antes él se cruzó por la carretera. Hay, incluso, quien dice que Dios era el mismo herido que le pidió ayuda.

Esto, más que una fábula, es la perfecta doctrina católica. Ruisbroeck ,decía que «si un día estás en éxtasis y un pobre te pide limosna, debes bajar del éxtasis y ayudarle». San Vicente de Paúl afirmaba tajantemente que «hay que abandonar a Dios por el prójimo». Y todos ellos no hacían otra cosa que repetir aquello del evangelista San Juan: «¿Quién no ama a su hermano, a quien está viendo, cómo va a amar a Dios a quien no ve?»

Efectivamente: en el amor a Dios puede haber engaños. Puede alguien decir que ama a Dios cuando lo único que siente es un calorcillo que le gusta en su corazón. Puede alguien decir que ama a Dios y lo que ama es la tranquilidad espiritual que ese supuesto amor le da.

Amar al prójimo, en cambio, no admite triquiñuelas. se le ama o no se le ama. Se le sirve o se le utiliza. Se demuestra con obras o es sólo una palabra bonita. San Juan seguía diciéndolo de manera tajante: «Si uno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano pasa necesidad, le cierra sus entrañas, ¿Cómo puede estar en él el amor de Dios?» 

Es cierto: «El prójimo -la frase es de Cabodevilla- es nuestro lugar de cita con Dios.» Sólo en el prójimo nos encontramos con El y todo lo demás son juegos de palabras.

Dicho esto así de tajantemente, ¿qué queda de muchas religiosidades? ¿A cuántos juegos de palabras se reduce nuestra afirmación de ser cristianos?

En estos días de Semana Santa serán muchos los que acompañen a Cristo con sus lágrimas camino de la cruz, durante las procesiones. Pero no serán tantos los que recuerden que Viernes Santo son todos los días del año y que no hay que subir al calvario cuando bastaría subir al piso de arriba donde alguien sufre o está solo.

A fin de cuentas, amar no es recordar -aunque lo que se recuerda sean los sufrimientos de Cristo: se ama con las manos. Y todo lo demás es literatura.

– José Luis Martin Descalzo. Razones para vivir. “El monje Demetrio”

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