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Ella no comprendía
que era yo quien le daba
el trigo y el vino y el aceite,
y oro y plata en abundancia.
Por eso le quitaré otra vez
mi trigo en su tiempo
y mi vino en su estación;
recobraré mi lana y mi lino,
con que cubría su desnudez.
Descubriré su deshonra
ante sus amantes,
y nadie la librará de mi mano;
pondré fin a sus alegrías, sus fiestas,
sus novilunios, sus sábados
y todas sus solemnidades.
Arrasaré su vid y su higuera,
de los que decía: son mi paga,
me las dieron mis amantes.
Los reduciré a matorrales
y los devorarán las bestias del campo.
Le tomaré cuentas de cuando ofrecía
incienso a los baales
y se adornaba
con su anillo y su collar
para ir con sus amantes,
olvidándose de mí
–oráculo del Señor–.
Por tanto, mira, voy a seducirla,
la llevaré al desierto
y le hablaré al corazón.
Allí le daré sus viñas,
y el Valle de Acor
será Paso de la Esperanza.
Allí me responderá
como en su juventud,
como cuando salió de Egipto.
Aquel día –oráculo del Señor–
me llamarás Esposo mío,
ya no me llamarás ídolo mío.
Le apartaré de la boca
los nombres de los baales
y sus nombres no serán invocados.
Aquel día haré en su favor
una alianza
con los animales salvajes,
con las aves del cielo
y los reptiles de la tierra.
Arco y espada y armas
romperé en el país,
y los haré dormir tranquilos.
Me casaré contigo para siempre,
me casaré contigo
en justicia y en derecho,
en afecto y en cariño.
Me casaré contigo en fidelidad,
y conocerás al Señor.

Oseas 2, 10-22

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