Parte II

Avanzando con este proceso de asimilación de la Palabra, de transformación interior por asimilación de la Palabra, después de leer, rumiar, guardar, es bueno, en esta tercera instancia de la oración, que se genere este desafío a responderla…

Una respuesta que no debe ser en absoluto, como decíamos, ni cambiar de tema ni un enfrentamiento a la Palabra: tu Palabra, Señor, contra mi palabra. No. Sino que la oración es justamente diálogo, ese ida y vuelta del yo y el Tú que se vinculan, en donde dos voces, dos personas en definitiva, se encuentran en el mismo lugar interior: el lugar de Dios, el lugar de la Escritura, para compartir esa instancia.

Desde luego que hay que poder verbalizarlo, en algunos casos. Pero la mayoría de las veces, al menos al comienzo, es saludable, incluso con cierto esfuerzo, no tratar de generar una retribución, por decirlo así, con que devolverle a esa Palabra recibida una respuesta que ella misma no entregue…

De allí nacen todas las formas de oración que concebimos: de súplica, de acción de gracias, de alabanza, de adoración…

Lo hermoso es que la misma Palabra de Dios me ofrece palabras a mi devolución. Podemos responderle a Dios con la Palabra de Dios, con lo que Dios me regala para regalarle a Él. La ternura y la gracia de un Dios que me regala palabras para poder dárselas a Él… El mismo Evangelio leído, rumiado y guardado, o a lo mejor el evangelio de ayer o del mes pasado, me entrega la expresión…

Es un no salirse de la atmósfera divina el poder rezarle desde las expresiones mismas de la Escritura… Y si no es el Evangelio, pueden ser los salmos que como ninguna otra presencia en la sagrada Escritura son la Palabra de Dios para Dios.

Esta devolución propia de la oratio puede ser una súplica. Cristo le dice al ciego: ¿qué quieres que haga por ti…? Y el ciego le dice: que vea… Puedo hacer propia esa expresión, de la misma manera que me apropio de la pregunta que Jesús hace al ciego… y sondeo en el adentro mis propias cegueras…

Entonces recibo el lenguaje de Dios, aprendo el lenguaje de Dios, y le hablo a Dios con el lenguaje de Dios.

La oratio puede ser también una pregunta: ¿Y cómo puede ser esto…? La Virgen al Ángel le hace una pregunta preciosa, intensísima… Toda su hermosa disponibilidad, su irresistencia, su Fiat, condice con esa pregunta… La docilidad no es pasividad inerte… Puedo preguntar: ¿Cómo puede ser esto de cargar la cruz y seguir… o esto de perdonar setenta veces siete, si no tengo modo natural de que esto se haga posible en mí…? Con el Poder de Dios que todo lo hace posible.

Así no es la Palabra de Dios contra mis palabras. No invento las expresiones de la oración sino que las recibo de los arcones mismos de la Escritura.

Todo es lo mismo, es el flujo y reflujo de un mar inmenso que sube y baja con las mareas. Le pregunto a Dios con las palabras de Dios.

«Aléjate de mí, no soy más que un pecador…», Pedro, Lucas 5… Por una expresión cualquiera del Evangelio que me deja impactado por su grandeza, su poderío, su hermosura, frente a mi insignificancia, mi fragilidad…y me postro con toda mi miseria encima y digo las palabras de Pedro. Respondo a Dios con Dios…

Y así con muchos modos responsoriales más, con que devolver en oración la Lectio Divina… Como los apóstoles en el Tabor a veces podremos decir en la Lectio: «Qué bien Señor se está aquí…» y eso también es respuesta al evangelio.

Dejar a Dios el protagonismo no es una pasividad inerte. A veces la respuesta es impronunciable… A veces es agraviante no responderle a Dios. Porque… ¿a quién le pregunta Dios sino es a nosotros…? Y cuando esa pregunta resuena con toda su fuerza en el interior de mi escucha… ¿Por qué me pegas…? Y nunca son retóricas las preguntas de Jesús… son preguntas auténticas, genuinas, a mi corazón.

Y el último peldaño, después de mendigar, rumiar, guardar, vincular, responder con la oración, es el silencio contemplativo, lo más sublime que puede darse en un encuentro con Dios. Los Padres insisten en que a este último peldaño es imposible generarlo y ni siquiera mendigarlo, a veces Dios lo da y a veces no. Es entrar en otra dimensión, cuando las palabras saturadas de sentido generan el silencio final.

La palabra se da entre dos hermosos silencios, uno es el silencio de la dispositio y otro es el silencio que lo junta todo, que lo envuelve todo, que lo unge todo, que lo resguarda todo. Un silencio envolvente en la experiencia sublime de la contemplación que destraba este itinerario tan marcado en pasos, lo desorganiza, por decirlo así, lo libera, y todo entra en una suerte de fiesta, de danza interior, en que hay que poder dejarlo ahí a Dios ser Dios más que nunca… en donde se arma un orden vivo, dinámico, armónico, pero absolutamente indómito. Y es danza. Y eso es rezar… Es dejar la orillita de los pensamientos prolijos y acotados donde yo controlo, donde yo domino, internándome mar adentro, en una experiencia donde no se hace pie… Donde uno pierde definitivamente el control sobre la propia oración. Con la gracilidad, la libertad del gozo de la Escritura, donde todo se puede vincular con todo…

Y se da lo sobrenatural… pero no en la acepción de experiencias extraordinarias… Es la mística del pobre, del pecador, que tiene una experiencia real de salida de sí a Dios… Fundamentalmente es una experiencia como la de los apóstoles, las mujeres, María Magdalena, la Virgen, el día de la resurrección: Está vivo. Esto no es un artilugio de mi propia naturaleza. Es tan claro que estoy ante Alguien libérrimamente Otro, inmanejablemente Otro a mí mismo…

Esto nos hace mucho bien a nosotros, porque es como la confirmación de la fe, y le hace mucho bien a los otros, porque me transformo en Testigo que puede dar testimonio de su propia experiencia de lo contemplado.

Ese es el fruto final de la Lectio. Genera testigos. La Lectio Divina genera testigos.

Sin tecnicaturas, estrategias comunicacionales, pericias marketineras… lo que convence es un rostro apasionado y conmovido por haberse topado en el adentro de las Escrituras con Jesucristo. Y con torpeza, balbuceando, con la respiración y el alma entrecortada, sin orden ni lógica, sin lustre, le cuenta al otro lo que aconteció en su corazón: Está Vivo.

Esa es la hermosura y el rebalse de la Lectio, que justamente no es una experiencia intimista reducida a mí mismo. Sino todo lo contrario: una aventura al mundo de Dios, a la inmensidad de Dios, y un rebalse sobre todos los hombres necesitados de este testimonio brioso de un Cristo vivo. Un Dios Viviente-

Padre Diego de Jesús

Retiro abierto de Lectio Divina.
Capilla Sagrada Familia de las Hermanas Franciscanas.
Córdoba, 7 de octubre 2017.

 

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