«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»

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Jn 8, 31-42

San Agustín, In Ioannem trac. 40-42

.31 Sin duda el Señor quiso fundamentar bien en lo profundo la fe de aquellos que habían creído, para que no creyesen de una manera superficial. Y por eso “les decía Jesús a los judíos que habían creído en El: si vosotros perseverareis en mi palabra, verdaderamente seréis mis discípulos”, etc. Respecto a lo que dijo: “Si perseverareis”, da a conocer lo que aquéllos encerraban en su corazón, porque sabía que algunos habían creído, pero que no habían perseverado. Y les ofreció una gran cosa, a saber: hacerlos verdaderos discípulos suyos, en lo cual se refiere a algunos que ya habían creído y que se habían vuelto a separar de El. Aquéllos le oyeron y le creyeron, mas luego se separaron, porque no perseveraron.

32. Como diciendo: “así como ahora creéis, perseverando veréis. No creyeron porque habían comprendido, sino que creyeron para comprender. ¿Y qué es la fe sino creer lo que no se ve, y qué la verdad sino ver lo que has creído? Pues si se permanece en lo que se cree, se llega a lo que se ve, esto es, a contemplar la misma verdad, tal y como es, no por medio de palabras que suenan sino por el resplandor de la luz. La verdad es infalible, es pan que alimenta las almas y nunca se acaba, transforma en sí al que le come. Pero ella no se transforma en el que la come. Y la misma verdad es el Verbo de Dios: esta verdad ha sido revestida de carne, y estaba oculta en la humanidad por nosotros, no porque se nos negase, sino para que continuase y sufriese en la carne con el fin de que la carne del pecado fuese redimida”.

33. Respondieron esto, no los que ya habían creído, sino los que había entre la muchedumbre, que aun no creían. Y en esto mismo de que a nadie habían servido jamás, según se entiende la libertad en el mundo, ¿cómo dijeron la verdad? ¿Pues no fue vendido José? ¿No fueron también reducidos los santos profetas a la esclavitud? ¡Oh ingratos! ¿Cómo podéis dudar que sea verdad lo que dice Dios, quien os ha librado de la casa de la esclavitud, si no habéis servido a nadie? Y vosotros mismos, que habláis, ¿por qué pagáis los tributos a los romanos si nunca habéis servido a nadie?

34-36. Le da gran importancia a lo que dice en esta forma; es como si hiciese una especie de juramento. Amén [1] quiere decir verdad, y sin embargo, no se ha interpretado así, porque ni el intérprete griego ni el latino se han atrevido a decirlo. Porque esta palabra amén es hebrea. Y no se ha interpretado, para que se le guarde cierto respeto bajo el velo del misterio, no para tenerla como encerrada, sino para que no perdiese su valor al ser explicada. Puede comprenderse cuánta importancia tiene cuando se la repite dos veces: “y digo la verdad”, “la verdad lo dice”. Aunque no explicase cuando dice “digo la verdad”, no podría mentir de ninguna manera. Parece como que lo repite, despertando en cierto sentido a los que duermen, porque no quiere que se desprecie la palabra que dice, que todo hombre, ya sea judío, ya griego, ya rico, ya pobre, ya gobernador, ya mendigo, si peca, es esclavo del pecado.

¡Oh miserable esclavitud! El que vive esclavo de otro hombre, cansado alguna vez del pesado yugo que le impone su amo, descansa huyendo de él; pero el esclavo del pecado ¿a dónde huirá? Lo lleva siempre consigo a cualquier parte que huya, porque el pecado que cometió es interior. La pasión cesa, pero el pecado no pasa; se acaba lo que deleita, pero subsiste lo que punza. Unicamente puede librarnos del pecado el que vino sin pecado y se convirtió en sacrificio para destruir el pecado. Y prosigue: “Y el esclavo no queda en casa para siempre”. La Iglesia es la casa; el esclavo es el pecador; muchos pecadores entran en la Iglesia. Y no dijo: “el esclavo está en la casa,” sino “no permanece siempre en la casa”. ¿Y si ningún siervo estará allí, quién estará allí? ¿Quién se gloriará de estar libre del pecado? Mucho nos asustó con estas palabras, pero añadió: “mas el Hijo queda para siempre”. Luego sólo Jesucristo estará siempre en la casa. ¿Acaso cuando habló del Hijo, no se refirió también a su cabeza y a su cuerpo? Luego, no asustó sin razón, pero dio esperanza; nos asustó para que no amásemos el pecado, y dio esperanza para que no desconfiemos del perdón del pecado. Por cuya razón nuestra esperanza consiste en confiar en ser libres por aquel que ya es libre. El dio el precio de nuestro rescate, no plata, sino su propia sangre; y por esto añade: “Pues si el Hijo os hiciera libres, seréis verdaderamente libres”.

La primera libertad consiste en carecer de pecados; pero ésta, una vez empezada, no es verdadera libertad, porque la carne se levanta contra el espíritu, y así no hacéis lo que deseáis hacer ( Gál 6). Mas la libertad plena y perfecta consiste en no tener enemistad alguna, como sucede cuando la muerte, la última enemiga, es destruida ( 1Cor 15,26).

Y así, no quieras abusar de la libertad para pecar libremente, sino usa de ella para no pecar; tu voluntad será libre si es buena, y quedarás libre del pecado si eres esclavo de la justicia.

37-40. Los judíos se habían llamado libres, porque descendían de Abraham, y el Evangelista refiere lo que el Señor les contestó acerca de ello: “Yo sé que sois hijos de Abraham”, como diciéndoles: “veo que sois hijos de Abraham, pero sólo en cuanto a la descendencia carnal, y no en cuanto a la fe del corazón,” por cuya razón añade: “mas me queréis matar”.

Esto es, no arraiga en vuestra alma, porque no la recibe vuestro corazón. Porque la palabra de Dios es para los fieles lo que el anzuelo es para el pez, coge cuando el pez es cogido, pero no hace daño alguno a los que son cogidos, porque no lo son para su perdición, sino para su salvación.

El Señor quería dar a conocer que su Padre era Dios; como diciendo: “He visto la verdad y hablo la verdad porque soy la verdad”. Si, pues, el Señor dice la verdad que ha visto en el Padre, se vio a sí mismo y se predicó a sí mismo, porque El es la verdad del Padre.

Como diciéndole: “¿qué te atreverás tú a decir contra Abraham?” Parece que le provocaban para que dijese algo malo acerca de Abraham, y así les ofrecería ocasión de hacer lo que se proponían.

Y sin embargo, les había dicho antes: “Yo sé que sois hijos de Abraham”; por eso ahora no negó que descendieran de él, pero critica su modo de obrar. Su descendencia material, efectivamente venía de él, pero no estaba conforme su vida con la de Abraham.

Pero aún no dice quién es el padre de ellos.

41-42. Los judíos, según parece, empezaban a comprender que el Señor no les hablaba de la generación natural, sino del modo de vivir. Las Sagradas Escrituras suelen llamar fornicación espiritual al acto por el que un alma se entrega como prostituta a muchos y falsos dioses. Por esto sigue el Evangelista: “Y ellos le dijeron: nosotros no somos nacidos de fornicación, un Padre tenemos que es Dios”.

Así pues, la procesión del Verbo, respecto del Padre, es eterna, porque es de El como Verbo del Padre, y vino a nosotros porque el Verbo se hizo carne ( Jn 1,14). Su venida es su humanidad, su mansión es su divinidad; llamáis a Dios Padre, pues consideradme como hermano.

Y no podían oírlo, porque no querían enmendarse creyendo.

Notas

[1] La Vulgata dice Amen, Amen dico vobis” donde el castellano ha traducido: “En verdad, en verdad os digo”.

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