«Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo soy»

cristo

Jn 8, 21-30: Testimonio de Jesús sobre sí mismo

San Agustín, in Ioannem, tract. 38-39.49

21-24. Como ya se ha dicho, ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora. Habla en seguida a los judíos de su pasión, que no estaba sujeta a la necesidad, sino a su voluntad. Por esto sigue el evangelista: “Y en otra ocasión les dijo Jesús yo me voy”, porque la muerte del Salvador no fue otra cosa que el regreso al cielo, de donde había venido y de donde había salido.

“Me buscaréis, dice el Señor, pero no con piadoso afecto, sino por odio”. Y en verdad que le buscaron cuando desapareció de la vista de los hombres, tanto los que le aborrecían cuanto los que le amaban; los primeros, persiguiéndole; los segundos, deseando tenerle consigo. “Y no creáis que me buscaréis con buen fin, por esto moriréis en vuestro pecado”. Esto quiere decir buscar mal a Jesucristo, morir en pecado; esto quiere decir aborrecerle, porque de El solo puede venirnos la salvación. Pronunció su sentencia de antemano, diciendo que morirían en su pecado.

«Moriréis en vuestro pecado». Dijo el Señor esto mismo a los apóstoles en otro sitio, pero no les dijo moriréis en vuestro pecado, sino “a donde yo voy no podéis vosotros venir ahora”. No les quitó la esperanza, sino que les predijo la dilación.

«Adonde yo voy, vosotros no podéis ir.» Oídas estas palabras, preguntaron, como suelen preguntar los hombres carnales. Prosigue: “Y decían los judíos: ¿Por ventura, se matará a sí mismo? Porque ha dicho: A donde yo voy, vosotros no podéis venir”. Palabras necias. Pues qué, ¿no podían ellos ir a donde el Señor iría si se matase? Pues ellos ¿no habían de morir también? Dijo “a donde yo voy”, y no adonde se va por medio de la muerte, sino adonde iría el Señor después de su muerte.

«Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.» ¿Qué quiere decir de arriba? Del mismo Padre, sobre el cual nada hay. Pero vosotros sois de este mundo, y yo no, ¿cómo había de ser del mundo el mismo que lo había creado?

Nuestro Señor explicó el sentido en que dijo: “Vosotros sois de este mundo”. Eran pecadores, puesto que todos nacemos en pecado, y cuando vivimos añadimos nuevos pecados a aquél con el que hemos nacido. Toda la infidelidad de los judíos consistía no en tener pecado, sino en morir en sus pecados. Por esto añade el Salvador: “Por eso os dije, que moriréis en vuestros pecados”. Creo que habría muchos de los que oían al Salvador que creerían en El, y que no diría para todos aquella sentencia terrible: “moriréis en vuestro pecado”. Si fuera así, quitaría también la esperanza a aquéllos que creerían en El. Pero les dio esperanza añadiendo: “Porque si no creyereis que yo soy, moriréis en vuestro pecado”; luego, si creéis que yo soy, no moriréis en vuestro pecado.

Y cuando dice “si no creyereis que yo soy”, aunque nada añadió, dio a entender mucho; porque también Dios dijo a Moisés: “yo soy el que soy” (Ex 3,14). ¿Y cómo oigo, “yo soy el que soy”, y “si no creyereis que yo soy”, como si no existieran otros seres? Considerando que cualquier otro ser, por grande que sea su mérito, si es mudable, en realidad no es. Examinemos el cambio de las cosas, y veremos que ellas fueron, y que serán. Pero fíjate en Dios y encontrarás que es, y en El no cabe tiempo pasado. Mas para que tú existas has de traspasar el tiempo. Y eso que añadió: para que no muramos en nuestros pecados, no parece que quiere decir otra cosa que: “si no creyereis que yo soy”, esto es, si no creéis que yo soy Dios. Demos gracias a Dios, que dijo si no creyereis, y no dijo si no comprendiereis. ¿Quién comprendería esto?

25-27. Como el Señor había dicho ya: “Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados”, le preguntaban para saber en quién deberían creer, para no morir en su pecado. Por esto sigue el Evangelista: “Y le decían: ¿tú quién eres?”. Porque cuando has dicho “si no creéis que yo soy”, no has añadido quién eres. Sabía el Señor que allí habría algunos que habían de creer, y por esto, cuando le dijeron: “¿tú quién eres?”, para que supiesen que debían creer en El, les contestó: “Yo soy el principio, que os hablo”. No como diciendo soy el principio, sino creed que soy el principio, como aparece terminantemente en el texto griego, en donde la palabra “principio” es del género femenino. Por lo tanto, creed que soy el principio, no sea que muráis en vuestros pecados; porque el principio es inmutable, subsiste por sí, y renueva todas las cosas. Y además parece que es un absurdo llamar principio al Hijo y no al Padre; no puede haber dos principios, como no hay dos dioses. El Espíritu Santo es espíritu del Padre y del Hijo, y no es ni el Padre ni el Hijo. Sin embargo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un solo Dios, una sola luz, un solo principio. Y añade el Salvador: “El mismo que os hablo”, porque habiéndome humillado por vosotros, he descendido a hablar en estos términos. Por tanto, creed que soy el principio. Porque para que creáis esto no sólo soy el principio, sino quien hablo con vosotros. Porque si el principio, tal y como es, permaneciese con el Padre y no hubiera tomado la forma de siervo, ¿cómo le habían de creer, siendo así que las almas débiles no pueden percibir la palabra, sin el eco sensible de la voz?

«Mucho podría hablar de vosotros y juzgar…» Antes había dicho el Salvador que El no juzgaba a nadie. Así aparece cierta contradicción entre “no juzgo” y “tengo que juzgar”. “No juzgo”, lo dice refiriéndose al tiempo presente, y cuando dice que tiene que juzgar se refiere al porvenir. Que es como si dijera: “seré verdadero en el juicio, porque como soy hijo del que es veraz, soy la misma verdad”. Por esto sigue: “Mas el que me envió es verdadero”. El Padre es veraz, no por participación, sino engendrando la verdad. ¿Acaso podemos decir, más es la verdad que el que es veraz? Si dijéramos esto, empezaríamos por decir que el Hijo era mayor que el Padre.

«Lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo.» El Hijo, siendo igual al Padre, le da gloria, como lo insinúa cuando da a entender que da gloria a Aquél de quien es Hijo; ¿cómo tú te ensoberbeces contra Aquél de quien eres siervo?

28-30. Habiendo dicho el Señor: “El que me envió es verídico”, no comprendieron los judíos que les decía esto refiriéndose a su Padre. Mas veía allí algunos que habrían de creer después de su pasión, y por esto sigue: “Cuando alzareis al Hijo del hombre, entonces entenderéis que yo soy. Recordad aquello del Éxodo: ‘Yo soy el que soy’ (Ex 3,14), y comprenderéis lo que quiere decir ‘Yo soy’. Dejo para entonces vuestro conocimiento, para que así pueda realizarse mi pasión. Según vuestro modo de entender, comprenderéis quién soy yo, cuando levantéis en alto al Hijo del hombre”. Habla de la exaltación de la cruz, porque en ella fue exaltado cuando pendió de ella. Y convenía que esto se realizase por manos de aquéllos mismos a quienes ahora dice esto, pero que luego habían de creer en El. ¿Y por qué, sino para que nadie desesperase por grave que fuese el delito que cometiese, recordando que el Señor había perdonado a aquéllos el homicidio que cometieron, matando al mismo Cristo?

Como había dicho el Salvador: “Entonces conoceréis quién soy yo”, y dado que toda la Trinidad participaba de la misma esencia, para no dar margen al error de los sabelianos añadió a continuación: “Y nada hago de mí mismo”, como diciendo: “no he nacido de mí mismo; porque el Hijo es del Padre, y es Dios. Y por esto añade: “Mas lo que mi Padre me mostró, esto hablo”. A ninguno de vosotros se le debe ocurrir la idea de que esto lo decía según se entiende entre los humanos. No os imaginéis que tenéis a la vista dos hombres, el Padre y el Hijo, y que el Padre habla al Hijo como haces tú cuando dices alguna cosa a tu hijo. ¿Y qué palabras podía decir al único Verbo? Mas si el Señor habla a nuestros corazones sin que se aperciba el eco, ¿cómo hablará a su Hijo? De una manera espiritual habla el Padre al Hijo, como le había engendrado también de una manera espiritual. Y no le enseñó como si le hubiera engendrado ignorante, sino que le enseñó del mismo modo que le engendró, ya sabio. Si es única la naturaleza de la verdad, del mismo modo es propio del Hijo saberlo todo. Así pues, de la misma manera que el Padre dio la existencia al Hijo engendrándole, le dio también al engendrarle el poder de que lo supiese todo.

«El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo…» Uno y otro son iguales, y sin embargo uno es el enviado y otro el que envía. Porque la misión es la Encarnación misma, y la Encarnación es propia del Hijo y no del Padre. Luego dijo: “El que me envió”, esto es, Aquél por cuya autoridad paterna, me he encarnado. Por tanto, el Padre envió al Hijo, y el Padre había dicho por boca de Jeremías: “lleno el cielo y la tierra” (Jer 23,24). Y por qué no le dejó lo explica a continuación: “Porque hago siempre lo que a El agrada”, y no desde cierto principio, sino sin principio ni fin, porque la generación divina no tiene principio de tiempo.

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