Homilías y comentarios bíblicos San Agustín San Gregorio de Narek

«Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla»

Aparición Cristo Resucitado - 153 peces

Jn 21, 1-19: Aparición a orillas del lago de Tiberíades

San Agustín, in Ioannem, tract., 122-124

1-11. Por lo que anteriormente dijo el Evangelista, parece que indica el fin de este libro. Pero sigue contando cómo se manifestó el Señor en el mar de Tiberíades. Por esto dice: “Después se manifestó otra vez junto al mar de Tiberíades”.

Si esto lo hubieran hecho los discípulos después de la muerte de Jesús y antes de su resurrección de entre los muertos, creeríamos lo hacían dominados de desesperanza. Pero ahora, después de recobrarle vivo del sepulcro, de inspeccionar las cicatrices de sus heridas y de recibido el soplo del Espíritu Santo, vuelven en seguida a ser lo que antes eran: pescadores, no de hombres, sino de peces. Debe a esto responderse que no les había sido prohibido ganarse el sustento en un arte lícito, salvada la integridad de su apostolado, siempre que no tuvieran de qué vivir. Porque si el bienaventurado San Pablo, renunciando al derecho que con razón le pertenecía como a los demás predicadores del Evangelio, no quiso usar de él como los demás, sino que vivió de su peculio, a fin de que las naciones que eran extrañas al nombre de Cristo, no menospreciaran su doctrina como venal, se dedicó a aprender un arte que antes ignoraba, para no gravar a sus oyentes y vivir del trabajo de sus manos, ¿con cuánta más razón el bienaventurado San Pedro, que ya había sido pescador, podía volver a su oficio, si en aquella ocasión no tenía de qué vivir? Pero responderá alguno: ¿Y por qué no encontró, habiéndoselo prometido el Señor cuando dijo “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os será ofrecido” ( Mt 6,33)? Sin duda que el Señor cumplió lo que ofreció, pues ¿quién fue el que aprontó los peces para que fuesen cogidos? Y es de creer que les puso en la necesidad de tomarse el trabajo de ir a pescar, porque tenía dispuesto hacer un milagro.

No se ha de entender que el pan estuviese colocado sobre las brasas, sino como si dijera: Vieron colocadas las brasas y el pez puesto sobre ellas, y también vieron el pan.

En sentido espiritual, esta captura de los peces es una figura de que la Iglesia deberá existir en la última resurrección de los muertos. Esto lo da a entender la interposición del capítulo que, como adicionado al libro que deja concluido, sirve de introducción a una narración nueva. Los siete discípulos presentes a esta pesca significan el fin del tiempo, porque éste está comprendido en los siete días.

La playa es el límite del mar, y significa el fin del mundo, pues así como en este pasaje se figura a la Iglesia tal como se encontrará en el fin del mundo, del mismo modo el Señor significó en otra pesca a la Iglesia tal cual es ahora; por lo que en la primera pesca no estaba en la playa, sino que, subiendo a la nave de Pedro, le rogó que se alejara un poco de tierra. En aquella pesca no se echaron las redes a la derecha para significar sólo a los buenos, ni a la izquierda para designar sólo a los malos, sino indiferentemente dijo: “Echad vuestras redes para pescar” ( Lc 5,4), a fin de que entendamos mezclados los buenos con los malos. Pero aquí dice “Echadla a la derecha de la nave”, para señalar sólo aquellos buenos que estaban a la derecha. Aquello lo hizo al principio de su predicación; esto, después de su resurrección. Allí, manifestando en la pesca de buenos y malos a los que hoy están en la Iglesia; y en ésta, tan sólo a los buenos, que conservará eternamente en el fin del mundo, después de la resurrección de los muertos. Aquellos, pues, que pertenecen a la resurrección de la vida (esto es, a la derecha), y que están prendidos en las redes del nombre cristiano, éstos aparecerán en la playa cuando resucitaren al fin del mundo. Esta es la razón por qué no pudieron sacar las redes para descargar en la nave los peces que habían cogido, como en otras ocasiones lo hicieron. La Iglesia guarda estos peces de la derecha (como en profundo sueño de paz) ocultos para después del fin de esta vida, hasta que de la red descansen en la playa. En cuanto a la pesca primera en dos barcos distantes de ésta doscientos codos, creo que representan las dos clases de elegidos y la circuncisión y el prepucio.

En la otra pesca no se expresa el número de peces, como si sucediera en aquella lo que dijo el profeta: “Anuncié, y hablé, y se multiplicaron sin número” ( Sal 39,6). Pero aquí el número es cierto, y debe darse la razón. El número, pues, significa la Ley, cuyo nombre es diez por el Decálogo. Pero cuando se añade a la Ley de gracia, esto es, la letra a su espíritu, se añade en cierto modo el número siete al diez; porque el Espíritu Santo, autor de la santificación, es designado con el número siete, pues ésta es, en verdad, la primera vez que en el día séptimo brilló la santificación en la Ley ( Gén 2). El profeta Isaías nos muestra al Espíritu Santo autor de siete dones de operaciones. Uniéndose, pues, a la decena de la Ley el septenario del Espíritu Santo, resultan diez y siete, cuyo número, computado desde el uno hasta el mismo (poniendo en orden de suma desde el uno hasta el diez y siete inclusive) asciende a ciento cincuenta y tres.

No sólo resucitarán a vida eterna los ciento cincuenta y tres santos figurados en los ciento cincuenta y tres peces, sino que en este número están comprendidos todos los que recibieron la gracia del Espíritu Santo. Este número contiene tres veces el número cincuenta, y además sobre éste el tres, por el misterio de la Trinidad. Complétase, pues, el número cincuenta por la multiplicación del siete por sí mismo, añadiéndole uno en significación de que los tres son uno. No en vano había dicho que los peces eran grandes, pues habiendo dicho el Señor ( Mt 5,17) “No he venido a destruir la Ley, sino a cumplirla” (dándoles el Espíritu con el cual pudiese la Ley ser cumplida), añade poco después: “El que hiciere y enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos” ( Mt 5,19). En la primera pesca se rompió la red, significando los cismas. Pero en ésta, como denota la suprema paz de los santos en la que no se conocerá el cisma, tuvo derecho el Evangelista para decir “”‘y como fuesen tantos””‘, esto es tan grandes, “”‘no se rompió la red””‘, como si en vista de aquel mal recomendara este bien.

12-14. Hecha la pesca, el Señor los llama a comer. Y sigue: “Jesús les dice: Acercaos a comer”.

[En la futura resurrección, los cuerpos de los justos no necesitarán del árbol de la vida que les preserve de la muerte por enfermedad ni decrepitud, ni tampoco de ningunos otros alimentos que los libren de las molestias del hambre y de la sed, porque se hallarán revestidos de una verdadera e inviolable inmortalidad, y no tendrán, si no quieren, necesidad de comer, pues aunque no estarán privados de la facultad, estarán exentos de esta necesidad, así como nuestro Salvador, después de resucitado en verdadera carne, aunque espiritual, comió y bebió con sus discípulos, no por necesidad, sino por potestad.
Sigue: “Y ninguno de los comensales se atrevía a preguntarle”.] (“De civ. Dei 13, 22 “)

Nadie osaba dudar quién fuese, pues tanta era la evidencia de la verdad, que nadie se atreviera, no sólo a negar, pero ni aun a dudar, porque de haber dudado hubieran preguntado.

Místicamente, es el pez asado figura de Cristo crucificado; El mismo es el pan que bajó del cielo. A éste está incorporada la Iglesia para participar de la bienaventuranza eterna. Por esto les dijo: “Traed de los peces que cogisteis ahora”, a fin de que todos los que participamos de la misma esperanza sepamos que en el número de los siete discípulos (en el que está figurada la universalidad de los fieles) estamos llamados a la comunión de tan grande sacramento y a la sociedad de la misma bienaventuranza.

“… fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después que resucitó de entre los muertos”. Este número no se refiere a las entrevistas, sino a los días, esto es, el primer día, el de la resurrección, y después de ocho días, cuando Tomás oyó y creyó, y éste en el que hizo el milagro de los peces, y después cuantas veces quiso hasta el día cuadragésimo, en que subió a los cielos.

[Nosotros encontramos acordes a los cuatro evangelistas en que el Señor fue visto diez veces después de su resurrección: una vez en el sepulcro por las mujeres; otra por las mismas en el camino, cuando regresaban del sepulcro; la tercera vez por Pedro; la cuarta por los dos discípulos que iban a la aldea; la quinta por muchos en Jerusalén, en donde no estaba Tomás; la sexta cuando le vio Tomás; la séptima en el mar de Tiberíades; la octava por todos los once en el monte de Galilea, como afirma Mateo; la nona en la última comida, después de la cual ya no volverían a comer con El, según refiere Marcos, y la décima en el día de la ascensión, no ya en tierra, sino elevado en una nube.](“De cons. evang. 3, 26”).

San Gregorio de Narek (c. 944-c. 1010), monje y poeta armenio

El libro de las plegarias, nº 66

«Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla»

Dios misericordioso y compasivo, amigo de los hombres (Sb 1,6)…, cuando tú hablas nada hay imposible. Incluso aquello que parece imposible a nuestro espíritu; eres tú quien das un fruto sabroso a cambio de las duras espinas de esta vida…

Señor Jesucristo, aliento vital de nuestras fosas nasales (Lm 4,20) y esplendor de nuestra belleza…, luz y dador de luz, no te alegras del mal, no quieres que nadie se pierda, ni deseas jamás la muerte de nadie (Ez 18,32). No te agitas en la turbación ni estás sujeto a la cólera; tu amor es inquebrantable y duradero y no dejas de compadecerte; no abandonas nunca tu bondad. No vuelves nunca la espalda a nadie ni le giras tu rostro, sino que eres totalmente luz y voluntad de salvación. Cuando quieres perdonar, lo puedes hacer; cuando quieres curar, eres poderoso; cuando quieres vivificar, eres capaz de hacerlo, cuando quieres conceder gracia, eres generoso; cuando quieres devolver la salud, lo sabes hacer… Cuando quieres renovar, eres creador; cuando quieres resucitar, eres Dios… Cuando, incluso antes de que lo pidamos, quieres extender tu mano, nada te falta… Si quieres fortalecerme a mi que soy quebradizo, tú eres roca; si quieres darme de beber, a mi que estoy sediento, tú eres la fuente; si quieres revelar lo que está escondido, tú eres luz…

Por mi salvación has luchado con fuerza… has tomado sobre tu cuerpo inocente todo el sufrimiento de los castigos que habíamos merecido para que, a la vez que eres ejemplo para nosotros, pones de manifiesto la compasión que nos tienes.

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