Homilías y comentarios bíblicos San Agustín

«Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar.»

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Jn 8, 1-11: La mujer adúltera

Comentario de San Agustín

1. Y ¿en dónde debía predicar Jesús sino en el monte de los Olivos, en el monte del ungüento, monte del crisma? El nombre Cristo quiere decir crisma; y crisma en griego quiere decir unción. Y en verdad que nos ungió, porque nos puso en condiciones de pelear contra el diablo.

2-6a. Habían conocido que el Salvador era enormemente bondadoso, porque de El estaba escrito: “Pasa y reina por medio de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia” (Sal 44,5). Trajo por lo tanto la verdad como Doctor, la mansedumbre como Libertador y la justicia como Conocedor. Cuando hablaba, era conocida la verdad, como no se irritaba contra los enemigos, era alabada su mansedumbre. Por ello tentaron su justicia, poniendo a su vista un escándalo. Dijeron para sí: “si juzga que debe dejársela estar, no tiene justicia”. La Ley no podía mandar lo que no era justo y por esto invocan la Ley, diciendo: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear estas tales”. Pero como no debía abandonar la mansedumbre, por medio de la que ya se había hecho amar de las gentes, habrá de decir, que debe dejársela estar. Por esto exigen su determinación, diciendo: “Tú, pues, ¿qué dices?”. Se proponían con esto encontrar ocasión de poderlo acusar, haciéndole aparecer como infractor de la Ley. Por esto añade el Evangelista: “Y esto lo decían tentándole, para poderle acusar”.

Pero el Señor obrará en justicia al contestar, y no abandonará su mansedumbre (in Ioannem, tract. 33).

6b-7. “Mas Jesús, inclinado hacia abajo, escribía con el dedo en la tierra”.

Para manifestar que aquéllos¹ únicamente debían escribirse en la tierra, y no en el cielo, donde había dicho que sus discípulos se alegrarán de haber sido inscritos. También puede decirse que, humillándose (como lo demostraba en la inclinación de su cabeza), hacía señales en la tierra; o que ya era tiempo de que su Ley se escribiese en la tierra y fructificase (y no en piedra estéril, como antes).

No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? “El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero”. Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan.

8. Y habiéndoles herido con los rayos de la justicia, ni se dignó de verlos caer, sino que separó de ellos su mirada. Por esto sigue: “E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en la tierra”.

9a. Así pues, aquéllos, heridos por la voz de la justicia como por una flecha, y encontrándose culpables, uno tras otro se retiraron todos. Y esto es lo que dice en seguida: “Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los ancianos primeros”.

9b-11. Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: “Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio”. Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: “Y enderezándose Jesús, le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?” Dijo ella: ninguno, Señor”. Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: “Y Jesús, ni yo tampoco te condenar锲. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: “Vete, y no peques ya más”. Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: “vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho”. Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez (Sal 24,8).

¹ Se refiere aquí a los nombres de los fariseos y maestros de la Ley que le habían planteado el caso de la mujer adúltera para ponerlo a prueba.

²  Se trata de la respuesta del Señor: “Ni yo tampoco te condenaré”.

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