21 de marzo – Tránsito de San Benito

La primera palabra de la Regla es «escucha». Desde el principio, el objetivo del discípulo consiste en escuchar atenta y cuidadosamente esa Palabra de Dios que no es sólo mensaje, sino acontecimiento y encuentro. Se trata de un proceso de aprendizaje que dura toda la vida. (…)

El simple término «obsculta» es rico de significados, pues conlleva una forma de escuchar caracterizada por la reverencia, la disposición y la humildad. No sólo supone escuchar la Palabra de Dios, sino escuchar también a muchos otros niveles, a la Regla, al abad y a los hermanos. (…)

San Benito comprende la escucha de esta manera; consiste en escuchar con toda la persona, con el cuerpo y con la inteligencia, y requiere amor a la vez que asentimiento cerebral. Igualmente conlleva solicitud, la atención que hace que la escucha pase a ser una acción del cerebro a ser una respuesta viva. (…)

Escuchar atentamente aquello que oigo es mucho más que prestar atención con los oídos. En primer lugar significa que hemos de escuchar, nos guste o no, tanto lo que deseamos oír como lo que es desagradable y amenazador. Si empezamos a seleccionar y escoger, estamos, de hecho, haciendo oídos sordos a muchas formas inesperadas y quizá inaceptables por medio de las cuales Dios trata de acceder a nosotros. (…)

Escuchar atentamente, con todo nuestro ser, cada instante del día, es una de las cosas más difíciles del mundo, y sin embargo resulta esencial si hemos de encontrar al Dios que buscamos. Si dejamos de escuchar aquello que consideramos difícil, tal como expresa de forma llamativa el abad del monasterio de San Benito de Loira, «probablemente pasemos al lado de Dios sin siquiera percibirlo». (…)

Ahora bien, es nuestra obediencia la que demuestra que hemos prestado cuidadosa atención. La palabra «obediencia» deriva del latín «oboedire», que tiene la misma raíz que audire (escuchar). Por lo tanto, obedecer significa realmente escuchar y actuar de acuerdo con lo que hemos escuchado, o, en otras palabras, procurar que la escucha alcance su cometido. (…)

San Benito, sin embargo, puntualiza: «Conviene que los discípulos la tributen de buen grado, ya que “Dios ama al que da con alegría”. No obstante, si el discípulo obedece de mala gana y murmura, no solamente con sus labios sino también con su corazón, aunque cumpla lo mandado, ya no será aceptado por Dios, el cual ve que su corazón murmura. Por lo tanto, no tendrá recompensa alguna; al contrario, incurre en el castigo del murmurador si no se enmienda y da satisfacción» (5, 16-19) (…)

Así, pues, la obediencia gira realmente en torno al amor. Es nuestra amorosa respuesta a Dios. (…)

El fruto de la obediencia llevada a cabo de esa manera es la libertad interior. (…)

«Esta regla no quiere ser una carga pesada. Debería ayudarte a descubrir y experimentar cuán grande es la libertad a la que estás llamado». ¿Para qué esa libertad? «Para ser capaz de hacer en lo más profundo de tu corazón lo que realmente quieres hacer», dijo Thomas Merton a sus discípulos en Getsemaní. (…)

Prosigue: «Ser capaz de hacer constantemente lo que Dios quiere de mí es lo que me mantiene en contacto con ese centro; esa realidad es la voluntad de Dios y exige respuesta. En cualquier cosa que hago, tengo que tomar una decisión al respecto. Debo mantenerme unido a ese centro de libertad» (…)

Así, pues, la obediencia es algo peligroso. Es mucho más fácil hablar de ella que llevarla a la práctica. Significa estar dispuesto a tomar la vida entre mis manos y colocarla en las de Dios.

Esther de Waal, Buscando a Dios, Cap. III

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