Aprendamos a pedir a Dios lo que es conveniente que a Dios se le pida

Aprendamos, pues, carísimos, a pedir a Dios lo que es conveniente que a Dios se le pida. Las cosas del siglo, como quiera que sucedan nos acarrean daño. Si nos enriquecemos, sólo en este tiempo gozamos; si empobrecemos, nada molesto sufriremos. Ya vengan sucesos tristes, ya alegres, no tienen virtud en lo referente a la tristeza o al placer: ambos hay que despreciarlos, como cosas que velocísimamente pasan y desaparecen. Por esto con razón esta vida se llama camino, pues sus cosas pasan y no duran mucho tiempo. En cambio lo futuro, sea suplicio, sea reino, es inmortal. Pongamos pues en esto gran empeño, para que huyamos del suplicio y consigamos el reino.

¿Qué utilidad hay en los placeres presentes? Hoy son y mañana desaparecerán. Hoy son flor espléndida, mañana serán polvo que se disipa. Hoy son fuego encendido, mañana serán ceniza apagada. No son así las cosas espirituales, sino que siempre permanecen en flor y en brillo, y cada día resplandecen más aún. Estas riquezas nunca perecen, nunca cambian de dueño, jamás se acaban, jamás acarrean cuidados, envidias ni calumnias; no destrozan el cuerpo, no corrompen el alma, no traen consigo soberbia ni envidia: cosas todas que sí se encuentran en las riquezas mundanas.

Aquella gloria no se eleva en soberbia, no engendra hinchazón, jamás se acaba, jamás se oscurece. Quietud y placer en el cielo son para siempre, perennemente inconmovibles e inmortales, sin término ni acabamiento. Pues bien, anhelemos esa otra vida. Si la anhelamos ya no nos cuidaremos para nada de lo presente, sino que todo esto lo despreciaremos y lo burlaremos. Aun cuando alguno nos llame al palacio (que es lo que se tiene por felicidad suma), no asentiremos, apoyados en la dicha esperanza. Quienes están poseídos del amor a lo celestial, tienen esotro por vil y de ningún precio.

Al fin y al cabo, todo cuanto se acaba no se ha de desear en demasía. Lo que cesa y hoy es y mañana perece, aunque sea lo máximo, se reputa por mínimo y despreciable. Busquemos, pues, no lo que huye y pasa, sino lo que permanece sin cambio; para que así podamos alcanzarlo, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Crisóstomo, Homilía XLIV (XLIII)

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