PN 24 – Jesús, amado mío, acuérdate

«Hija mía, busca entre mis palabras las que respiren más amor; escríbelas, y luego, guardándolas como preciosas reliquias, procura leerlas con frecuencia. Cuando un amigo quiere reavivar en el corazón de su amigo el fuego de su primer afecto, le dice: Acuerdate de lo que sentiste al decirme un día tal o cual palabra. O bien: ¿Te acuerdas de tus sentimientos en tal época, en tal día, en tal lugar…? Créeme, hija: las reliquias más preciosas que de mí quedan en la tierra son las palabras de mi amor, las palabras salidas de mi dulcísimo Corazón».

(Nuestro Señor a santa Gertrudis)

1 Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre,
del esplendor divino que dejaste en el cielo
al bajar a la tierra como un pobre exiliado,
por rescatar a todos los pecadores, ciegos.
¡Oh, Jesús, abajándote a la Virgen María,
ocultaste tu gloria y tu poder inmenso.
De aquel maternal seno,
de tu segundo cielo,
¡acuérdate!

2 Acuérdate que el día de tu Natividad,
bajados desde el cielo, los ángeles cantaron:
«Al Dios de las alturas, gloria, honor y poder;
paz a los corazones de sus hijos amados».
Tras diecinueve siglos mantienes tu promesa:
la paz es la riqueza de los pobres humanos.
Para siempre gustar
tu indescriptible paz
yo vengo a ti.

3 Yo vengo a ti y te pido que dentro de tu cuna
me oculten tus pañales contigo de por vida.
Allí podré cantar a coro con los ángeles
y evocarte los gozos de los primeros días.
Acuérdate, Jesús, de pastores y magos,
que alegres te ofrecieron corazones y dádivas.
Del cortejo de infantes
que dio por ti su sangre
¡acuérdate!

4 Recuerda que los brazos cálidos de María
preferiste a tu trono del reino celestial;
por base de tu vida, pequeño Niño mío,
solamente tuviste la leche virginal.
A este festín de amor que tu Madre te ofrece
te ruego, mi Hermanito, me quieras invitar.
De tu pequeña hermana
que hizo latir tu alma
¡acuérdate!

5 Acuérdate, Jesús, de que llamaste padre
al humilde José, quien, por orden del cielo,
sin que despertases del maternal regazo,
te arrancó de la furia de un mortal traicionero.
Verbo de Dios, acuérdate de aquel misterio extraño:
¡Hiciste hablar a un ángel, al guardar tú silencio!
De tu lejano exilio
a la orilla del Nilo
¡acuérdate!

6 Acuérdate, Jesús, de que en otras riberas
los mismos astros de oro y la luna de plata
que arrobada contemplo contra el azul sin nubes,
de alegrías y encantos inundan tu mirada.
Con tu pequeña mano, que halagaba a María,
sustentabas el mundo y la vida le dabas.
Y pensabas en mí,
Jesús, Rey infantil,
¡acuérdate!

7 Recuerda que en silencio y en limpia soledad
con tus divinas manos ganabas tu sustento.
Vivir en el olvido fue tu mayor cuidado;
no te importó la ciencia de los humanos hueros.
Una palabra tuya pudo encantar al mundo,
mas te plugo esconder tu profundo talento.
¡Pareciste nesciente,
Señor omnipotente!
¡Acuérdate…!

8 Recuerda que en la tierra, cual un extraño huésped,
debiste andar errante, Tú, el eterno Verbo;
tú no tenías nada…, ni siquiera una piedra,
ni un lugar de refugio, cual pájaro del cielo…
¡Oh, Jesús, ven a mí, reposa tu cabeza,
que para recibirte el alma presta tengo!
Mi amado Salvador,
posa en mi corazón;
Es para ti…

9 Recuerda, mi Jesús, las divinas ternuras
de que, dulce, colmabas a los más pequeñuelos.
Igualmente yo ansío recibir tus caricias;
ay, dame de tus labios tus deliciosos besos.
Habré de practicar las virtudes de infancia
para gozar tu dulce presencia allá en los cielos.
Con frecuencia lo has dicho:
«El cielo es de los niños…»
¡Acuérdate!

10 Acuérdate, Jesús: junto al brocal de un pozo,
un Viajero sediento, cansado del camino,
refrescó el corazón de la Samaritana
con raudales de amor de su pecho encendido.
¡Bien conozco yo a Aquel que pidió de beber!
El es el Don de Dios, de gloria manantío.
¡Es el agua que salta,
el mismo que nos llama:
«Venid a mí»

11 «Venid todos a mí, pobres almas cargadas,
vuestras pesadas cargas pronto se harán ligeras,
y saciada la sed de vida para siempre,
de vuestro seno, de agua saltarán ricas venas».
Tengo sed, Jesús mío, esa Agua te reclamo;
de divinos torrentes de esa Agua mi alma llena.
Para hacer mi mansión
en tal Mar de Amor
vengo a Ti.

12 Recuerda que, aunque soy yo hija de la luz,
con frecuencia me olvido de servir a mi Rey.
¡Oh, Jesús!, ten piedad de mi grande miseria
y en tu infinito amor, Señor, perdóname.
En las cosas del cielo dígnate hacerme experta,
abre del Evangelio el filón a mi fe.
Es ese Libro de oro
mi más caro tesoro,
¡acuérdate!

13 Acuérdate también del poder asombroso
con que tu excelsa madre manda en tu Corazón.
Acuérdate que un día, por su humilde palabra,
cambiaste el agua simple en vino del mejor.
Dígnate transformar mis obras imperfectas,
a la voz de María, en perfectas, Señor.
De que soy una nena
con bastante frecuencia,
¡acuérdate!

14 Acuérdate, Señor: al caer de la tarde
muchas veces subías a las suaves colinas.
Recuerda tu oración, tus divinas plegarias
y tus himnos de amor mientras todos dormían.
Tu oración, ¡oh, Dios mío!, con gratitud ofrezco
en mi Oficio Divino y oraciones del día.
Junto a tu Corazón
yo canto con amor:
¡Acuérdate…!

15 Acuérdate que un día que mirabas los campos
tu Corazón divino las mieses presagiaba;
y elevando los ojos a la santa montaña
de tus predestinados los nombres murmurabas…
Para que tu cosecha recoger pronto puedas
yo me inmolo y lo pido, mi Dios, cada jornada.
Mis penas y mis goces
son por tus segadores,
¡acuérdate…!

16 Acuérdate, Jesús, del gozo de los ángeles,
de la alegre armonía que reinará en los cielos,
de la fiesta que harán, cuando algún pecador
poniendo en ti sus ojos suspira por tu Reino.
Yo quisiera aumentar esa gran alegría
por tantos pecadores sin descanso pidiendo.
De que vine al Carmelo
para poblar tu cielo
¡acuérdate…!

17 Acuérdate igualmente de la muy dulce llama
que querías que ardiera en nuestros corazones.
En mi alma has encendido ese fuego del cielo,
y yo quiero también extender sus ardores.
Una débil centella, ¡oh, misterio de vida!,
basta para encender llamaradas enormes.
¡Oh, mi Dios, yo deseo
llevar lejos tu fuego!
¡Acuérdate!

18 Acuérdate, Señor, de aquel festín espléndido
que solícito hiciste a tu hijo arrepentido;
acuérdate del alma que vive en la inocencia:
día a día, amoroso; la alimentas tú mismo.
Jesús, con cuánto amor tú recibes al pródigo,
mas es agua sin diques tu amor para conmigo.
¡Oh, mi Rey y mi Amigo,
tus tesoros son míos!
¡Acuérdate!

19 Acuérdate de un hecho: despreciabas la gloria
al prodigar sin tasa tus milagros divinos;
y gritaste: «¿Es posible que de verdad creáis
los que buscáis la estima de los hombres, finitos…?
Halláis maravillosas las obras que yo hago,
mayores las harán los que son mis amigos…»
Tú fuiste humilde y manso,
Jesús, mi Esposo amado,
¡acuérdate!

20 Acuérdate de cuando, en divina embriaguez,
Juan, el apóstol virgen, descansó su cabeza
sobre tu corazón; conoció tu ternura
y entendió tus secretos en tan divina escuela.
No me siento celosa del discípulo amado,
puesto que soy tu esposa, sé tu ciencia secreta.
Divino Salvador,
duermo en tu corazón,
¡que es también mío!

21 Acuérdate sin pena de aquela noche agónica
en la que con tu sangre se mezclaron tus lágrimas:
un rocío de amor, de valor infinito,
que hizo germinar flores, vírgenes santas.
Un ángel, al mostrarte esta mies escogida;
renacer hizo el gozo de tu Faz adorada.
De que, Jesús, me has visto
en medio de tus lirios
¡acuérdate!

22 Acuérdate, Señor, que tu rocío fue fecundo,
virginizando el cáliz de tus flores tempranas,
las ha hecho capaces desde ya en este mundo
de engendrar para ti un gran número de almas.
Virgen soy, ¡oh, Jesús! Con todo, ¡qué misterio!
Al unirme contigo, me hago madre de almas.
De las virgíneas flores
que salvan pecadores
¡acuérdate!

23 Acuérdate de cuando, ya ebrio de sufrimiento,
un Condenado a muerte, volviéndose hacia el cielo
exclamó: «Sin demora, me veréis algún día
pujante de potencia, de vida y gloria pleno».
Nadie creer quería que el Hijo de Dios fuese,
pues que estaba escondido de su gloria el portento…
Príncipe de la paz,
yo te conozco ya,
¡y creo en ti…!

24 Recuerda con piedad que tu divino Rostro
incluso entre los tuyos fue siempre un rostro extraño;
a mí me reservaste tu dulce y viva imagen,
y, tú lo sabes bien, yo siempre te he buscado…
sí, te he reconocido, aun velado por lágrimas;
santa Faz del Eterno, yo descubro tu encanto.
De tus amantes todos,
sensibles a tus lloros,
¡acuérdate!

25 Acuérdate, Señor, de la amorosa queja
que de tu Corazón brotó sobre la cruz.
También, ay, desde el mío brota una semejante
y comparto el ardor de tu sed, ¡oh, Jesús!
Y cuanto más me abraso con tus divinas llamas,
más almas quiero darte que brillen con tu luz.
Tu sed de amor sea mía,
te pido, noche y día.
¡Acuérdate!

26 Acuérdate, Jesús, Tú, Palabra de Vida,
de que tanto me amaste que moriste por mí.
También yo quiero amarte a ti hasta la locura,
también quiero vivir y hasta morir por ti.
Tú bien sabes, Dios mío, que lo que yo deseo
es hacer que te amen, mártir por ti morir.
De amor morir deseo,
Señor, de este mi anhelo
¡acuérdate…!

27 Acuérdate glorioso de aquello que dijiste
el día de tu triunfo: «Dichoso el que, sin ver
al Hijo del Altísimo deslumbrante de gloria,
tuvo la valentía de escucharle y de creer!»
Desde mi oscura fe, yo te amo y te adoro,
y en paz tensa hasta verte la aurora esperaré.
De que no es mi deseo
aquí en la tierra verte
¡acuérdate…!

28 Acuérdate piadoso de que, subiendo al Padre,
no podías dejarnos huérfanos sin amor.
Prisionero quisiste quedar aquí en la tierra,
velando a maravilla tu divino fulgor.
Mas tu velo y celaje son puros, luminosos.
Pan vivo de la fe, celeste Nutrición.
¡Oh, misterio de amor!
¡Mi pan de cada día
eres, Jesús…!

29 Jesús, siempre eres tu quien, pese a las blasfemias
contra este sacramento de tu divino amor,
eres tú quien me muestra en qué medida me amas
cuando en mi corazón asientas tu mansión.
¡Oh, Pan del desterrado, Hostia santa y divina!,
ya no soy yo quien vivo, vives tú en mí, Señor.
Tu copón de oro puro,
que prefieres al mundo,
Jesús, ¡soy yo!

30 Jesús, yo soy con gozo tu santuario viviente
que los hombres malvados no pueden profanar.
Mora en mi corazón, ¿no es acaso un parterre
desde el que cada flor quiere hacia ti girar?
Mas si tú te alejaras, blanco Lirio del valle,
enseguida mis flores verías marchitar.
¡Siempre, Jesús, mi Amado,
mi Lirio embalsamado,
florece en mí…!

31 Recuerda compasivo que en la tierra deseo
reparar el olvido de tantos pecadores.
Amor único mío, escucha mi plegaria,
para amarte, Jesús, ¡dame mil corazones!
Pero no basta aún, ¡oh belleza suprema!,
préstame para amarte tu Corazón, ¡me endiose!
De mi deseo quemante,
Señor, a cada instante
¡acuérdate!

32 Acuérdate amoroso: tu santa voluntad
es mi único descanso y mi dicha colmada;
divino Salvador, sin miedo me abandono
y duermo entre tus brazos cual niña confiada.
Si también tú te duermes, rugiendo la tormenta,
tu despertar espero en mi profunda calma.
Mas durante tu sueño,
Jesús, para el desvelo
¡prepárame…!

33 Acuérdate de mi, que a menudo suspiro
a la espera del día del solemne suceso.
Envía pronto el ángel que nos ha de decir:
«¡Despertaos del sueño, ya se ha acabado el tiempo…!»
Entonces con presteza franquearé el espacio,
Señor, de ti muy cerca iré a ocupar mi puesto.
En el descanso eterno
tú debes ser mi cielo:
¡Acuérdate!

Santa Teresa del Niño Jesús

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