San Silouan el Athónita

De la voluntad de Dios y de la libertad

Es un gran bien abandonarse a la voluntad de Dios. Entonces sólo el Señor habita en el alma y no penetran en ella otros pensamientos. La oración se torna pura y el alma experimenta el amor de Dios, incluso cuando el cuerpo sufre.

Cuando el alma se ha abandonado por completo a la voluntad de Dios, el Señor empieza a guiarla personalmente. El alma es instruida directamente por Dios, mientras que antes lo era a través de maestros y de la Sagrada Escritura.

De todos modos, es raro que el Maestro del alma sea el Señor mismo y que sea él quien la instruya por la gracia del Espíritu Santo. Son pocos quienes lo experimentan: únicamente aquellos que viven según la voluntad de Dios.

El hombre orgulloso no quiere vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, pues gusta dirigirse a sí mismo. No comprende que ningún hombre puede guiarse por su sola razón y al margen de Dios.

También yo, cuando vivía en el mundo todavía no conocía al Señor ni al Espíritu Santo, ignoraba cuánto nos ama el Señor y me fiaba de mi propia razón. Pero cuando, gracias al Espíritu Santo, conocí a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, mi alma se abandonó a Dios. Y desde aquel momento acepto todas las pruebas que me acaecen y digo: «El Señor me ve, ¿qué he de temer?». Antes yo no era capaz de vivir así.

A quien se ha abandonado a la voluntad de Dios, le es más fácil vivir, porque incluso en la enfermedad, en la pobreza y en la persecución piensa: «Dios quiere esto, y yo debo soportarlo a causa de mis pecados». (…)

Lo más precioso del mundo es conocer a Dios y comprender, aun cuando no sea más que parcialmente, su voluntad.

El alma que ha conocido a Dios debe, en cualquier circunstancia, abandonarse a la voluntad de Dios y vivir en su presencia en el temor y en el amor. En el amor, pues el Señor es Amor. En el temor, pues conviene vigilar a fin de no ofender a Dios con un mal pensamiento.

¡Señor, haz que sostenidos por la gracia del Espíritu Santo vivamos conforme a tu santa voluntad!

Cuando la gracia está con nosotros, fortalece nuestro espíritu; por el contrario, cuando la perdemos descubrimos nuestra debilidad. Comprobamos que sin Dios ni siquiera llegamos a concebir un buen pensamiento.

Dios misericordioso, Tú conoces nuestra fragilidad. Te lo suplico: dame un espíritu humilde, pues en tu misericordia concedes al alma humilde la fuerza para vivir de acuerdo con tu voluntad. Tú le concedes conocerte y comprender con qué amor infinito nos amas.

¿Cómo puedes discernir si vives en conformidad con la voluntad de Dios? He aquí el indicio: si la privación de alguna cosa te produce aflicción, es señal de que no te has abandonado completamente a la voluntad de Dios, aunque te parezca que vives según su voluntad.

El que vive según la voluntad de Dios no se angustia por nada. Y si tiene necesidad de alguna cosa, se confía a sí mismo y confía esa cosa a Dios; y, aunque no la obtenga, permanece en calma a pesar de todo, como si la tuviese.

Quien se ha abandonado a la voluntad de Dios no teme nada: ni las tempestades, ni los ladrones, nada. Y ante cualquier cosa que le acaece, se dice a sí mismo: «Esto lo quiere Dios». Si está enfermo, piensa: «Es señal de que esta enfermedad me es necesaria, de lo contrario Dios no me la habría enviado».

De esta manera es como la paz se mantiene tanto en el alma como en el cuerpo. (…)

Debemos pedir siempre al Señor la paz del alma, a fin de poder cumplir con más facilidad sus mandamientos; porque el Señor ama a los que se esfuerzan por cumplir su voluntad, y ellos encuentran de este modo una paz extraordinaria en Dios.

El que cumple la voluntad de Dios está contento de todo, ya que la gracia del Señor el alegra. Pero el que está descontento de su suerte, el que se queja de su enfermedad o de quien le ofendió, comprenda que se encuentra preso de un espíritu de orgullo que le arrebata la gratitud hacia Dios.

E incluso si es así, no te desanimes, sino esfuérzate por colocar tu esperanza en Dios y pídele un espíritu humilde. Y cuando el humilde Espíritu Santo se acerque a ti, empezarás a amarlo y entonces encontrarás reposo.

El alma humilde se acuerda siempre de Dios y piensa: «Dios me ha creado, ha sufrido por mí, me perdona los pecados y consuela, me alimenta y cuida de mí. ¿De qué, pues, preocuparse o qué he de temer, aunque la muerte me amenace?».

El Señor ilumina al alma que se ha abandonado a la voluntad de Dios, pues él ha dicho: «Invócame en el día de la tribulación. Yo te libraré y tú me glorificarás» (Sal 49, 15).

Cualquier alma turbada por alguna circunstancia debe preguntar al Señor, y el Señor la iluminará en la desgracia y en la turbación. Si no, conviene preguntar al padre espiritual, pues eso es más humilde.

En su bondad, el Señor da a entender al hombre que conviene soportar las pruebas con agradecimiento. Durante toda mi vida, no me he quejado ni una sola vez de mi sufrimiento, sino que lo he aceptado todo de manos de Dios, y por eso el Señor me ha concedido soportar fácilmente todas las aflicciones.

Todos los hombres encuentran inevitablemente el sufrimiento en la tierra. Y por más que los sufrimientos que el Señor les envían no sean extraordinarios, a los hombres les parecen insoportables y les abruman. Eso proviene de que no quieren humillar su alma ni abandonarse a la voluntad de Dios.

Por el contrario, los que se han abandonado a ella, el Señor los guía personalmente on su gracia; soportan todo con entereza por amor del Dios que aman, y con él serán eternamente glorificados.

Archimandrita Sophrony, Escritos de san Silouan el Athonita, Cap. 6

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