Santa Jacinta Marto

Santa Jacinta Marto

«Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María».

Cuando al paso de los años Lucía hizo memoria de su acontecer, manifestó: «Jacinta fue, según me parece, aquella a quien la Santísima Virgen comunicó mayor abundancia de gracia, conocimiento de Dios y de la virtud. Tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecería traslucir en todos sus actos una presencia de Dios propia de personas avanzadas ya en edad y de gran virtud. Ella era una niña solo en años […]. Es admirable cómo captó el espíritu de oración y sacrificio que la Virgen nos recomendó. Conservo de ella una gran estima de santidad». Otra de las características de Jacinta fue su devoción por el Sagrado Corazón de Jesús, unida a la que sentía por María, y una especial dilección por el Santo Padre al que tenía presente en su ofrenda personal y en las oraciones compartidas con su hermano y con su prima.

AMOR GRANDE POR EL SANTO PADRE

En el corazón de Jacinta arraigó un gran amor por el Papa, después de la primera aparición, cuando unos sacerdotes le explicaron que debía rezar por el Santo Padre. Con frecuencia, ella manifestaba con toda la inocencia de su alma santa su ardiente deseo: ¡Quién me diera ver al Santo Padre! Viene aquí tanta gente y el Santo Padre no viene nunca.

Este amor grande le llevó a ofrecer muchos sacrificios por el Vicario de Cristo en la tierra. Un día el Cielo le recompensó por su afecto al Papa con una visión. No sé cómo fue -comentó a Lucía-. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, llorando con las manos en la cara. Fuera de la casa había mucha gente: unos le tiraban piedras, otros le maldecían y decíanle cosas muy feas. ¡Pobrecito Santo Padre!, tenemos que rezar mucho por él.

En otra ocasión, estando los tres pastorcitos en el campo, mientras rezaban la oración que les había enseñado el Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y dijo a su prima: ¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer?… ¿Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?

Después de estos acontecimientos, los niños –especialmente Jacinta– llevaban en sus corazones al Santo Padre, y oraban constantemente por él. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres avemarías por el Papa después de cada rosario que rezaban.

 

AMOR A JESUCRISTO

Jacinta era de una piedad muy intensa —asistía diariamente a la Santa Misa— que la llevó a estar muy cerca del Corazón Inmaculado de María. Este amor la dirigía siempre y de una manera profunda al Sagrado Corazón de Jesús y al deseo de recibirle en la Comunión. Nada le atraía más que el pasar tiempo acompañando a Jesús Eucarístico sintiendo su presencia real. Decía con frecuencia: Cuanto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús.

Especialmente tenía una gran devoción a Jesús crucificado, gustándole besar un crucifijo que tenía en su casa. Cuando escuchaba relatos de la Pasión del Señor y los sufrimientos que padeció antes de morir en la cruz, sin poder evitarlo, se ponía a llorar y decía con pena: ¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no he de cometer nunca ningún pecado. No quiero que Nuestro Señor sufra más.

Con un celo inmenso, Jacinta se separaba de las cosas del mundo para prestar toda su atención a las cosas del Cielo. Buscaba el silencio y la soledad para darse a la contemplación. Cuánto amo a Nuestro Señor -decía a su prima Lucia-. A veces siento que tengo fuego en el corazón, pero que no me quema.

LA VISIÓN DEL INFIERNO

Contó Lucia que Jacinta vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó. Alguna vez me preguntaba: «¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!»

ESPÍRITU DE PENITENCIA

Desde la primera aparición, los tres pastorcitos buscaban como multiplicar las mortificaciones para convertir pecadores. Mortificaban su voluntad y su carácter; se privaban del alimento y daban la comida a los niños pobres; ayunaban con frecuencia todo un día, especialmente en tiempo de Cuaresma; renunciaban a sus juegos preferidos para entregarse más tiempo a la oración; se pasaban un novenario y hasta un mes –el más caluroso, el de agosto— sin beber agua; comían bellotas y aceitunas amargas; y otras muchas cosas. No se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores.

Jacinta por su natural espontáneo y simpático dejaba traslucir lo que suponían aquellas penitencias. La cuerda que llevaban en la cintura los tres videntes era algo verdaderamente duro, como señalaría más tarde Lucia: Ya fuese por el grosor o aspereza de la cuerda, ya fuese porque a veces la apretábamos mucho, este instrumento nos hacía sufrir horriblemente. Jacinta dejaba, a veces, caer algunas lágrimas, debido al daño que le causaba. Yo le decía que se la quitase, pero ella me respondía: «¡No!, quiero ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor en reparación y por la conversión de los pecadores».

ENFERMEDAD

Jacinta y Francisco cayeron enfermos en diciembre de 1918, atacados por una epidemia de gripe (bronco-neumonía) que causó muchas víctimas en toda Europa. Jacinta mejoró su estado de salud y, aunque débil, pudo dejar la cama. No así su hermano, que para él la enfermedad fue mortal. Poco después de morir de Francisco, a Jacinta, que sufrió mucho por la muerte de su hermano, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones, como consecuencia de la bronco-neumonía que había padecido. Los primeros síntomas, fuertes dolores en el pecho, los mantuvo en secreto como ofrenda de reparación por los pecados cometidos contra la Virgen.

Un día, estando ya enferma ella como su hermano Francisco, llamó con urgencia a su prima. Tenía una gran confidencia que hacerle. En cuanto llegó, y le dijo: Nuestra Señora vino a vernos. Nos ha dicho que vendrá muy pronto a llevarse a Francisco para el Cielo. A mí me preguntó si quería todavía convertir a más pecadores. Yo le dije que sí. Me ha anunciado que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho, pero que debo soportarlo todo por la conversión de los pecadores, en reparación por las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María y por el amor de Jesús. Le pregunté si tú ibas conmigo. Dijo que no. Esto es lo que cuesta más. Dijo que me llevaría mi madre y después ¡quedaría sola!

En verano de 1919 llegó el día de ir al hospital, en Vila Nova de Ourem, donde verdaderamente tuvo que sufrir mucho. Durante su enfermedad, Jacinta siguió recibiendo visitas de la Virgen, que le transmitió varios mensajes en la línea de las anteriores revelaciones: prevención ante los pecados y los excesos del comunismo y la relajación de la moral y de las costumbres, necesidad de penitencia para la conversión de los pecadores, etc. Después de un tiempo, volvió otra vez para su casa de Aljustrel, con una gran herida abierta en el pecho, sufriendo sin una sola queja las curas que le hacían a diario y que tenían que producirle gran dolor.

 

EL ÚLTIMO SACRIFICIO

En otra aparición posterior, la Virgen María le anunció nuevas cruces y sacrificios, según contó Jacinta a Lucia: Me dijo que voy para Lisboa, para otro hospital; que no vuelvo a veros ni a ti ni a mis padres; que después de sufrir mucho moriré sola, pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar allí para llevarme al Cielo.

El último sacrificio que le pidió la Virgen a Jacinta fue el de morir sola. La noche del 20 de febrero, tras un año y tres meses de dolorosa enfermedad, Nuestra Señora vino para llevarse al Cielo a su predilecta sin que nadie estuviese a su lado en el último momento. El párroco que la había confesado esa misma tarde, dejó el Viático para el día siguiente, al no preverse un desenlace tan inmediato. Jacinta sabía, porque se lo había dicho la Virgen, el día y la hora en que moriría, y además solita. Tenía apenas nueve años.

Años después, su prima Sor Lucia escribió de ella: Tengo la esperanza de que el Señor, para gloria de la Virgen, le concederá la aureola de la santidad (…) Es admirable cómo ella captó el espíritu de oración y sacrificio que la Virgen nos recomendó. Conservo de ella una gran estima de santidad.

 

SU MENSAJE

Los mensajes que la Virgen fue comunicando a los tres videntes de Fátima exhortaban al arrepentimiento, a la conversión y a la práctica de la oración y la penitencia en reparación por los pecados de la humanidad. Además, antes de morir, Jacinta dictó a su madrina Godinho lo que Nuestra Señora se había dignado comunicarle en las últimas apariciones, ya estando ella enferma.

Entre otras cosas dijo:

Sobre los pecados:
* Los pecados que llevan más almas al infierno son los de carne.
* Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor.
* Los pecados del mundo son muy grandes.
* Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida.
* Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia.
* Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios.

Sobre las guerras:
* Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo.
* Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo.

Sobre los sacerdotes:
* Los sacerdotes sólo deben ocuparse de las cosas de la Iglesia.
* Los sacerdotes deben ser puros, muy puros.
* La desobediencia de los sacerdotes y de los religiosos a sus superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor.

Sobre las virtudes cristianas:
* No ande rodeada de lujo; huya de las riquezas.
* No hable mal de nadie y huya de quien hable mal.
* Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al Cielo.
* La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor.

Al despedirse de su prima le hizo estas recomendaciones: Ya falta poco para irme al Cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón Inmaculado de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho, que me está abrasando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.

Fue canonizada el 13 de mayo de 2017, en el I Centenario de las apariciones de la Virgen en Fátima, por el Papa Francisco.

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