Santísima Virgen María Silencio

Fidelidad en el silencio

Un profundo silencio lo envolvía todo,
y la noche avanzaba en medio de su carrera,
cuando tu Omnipotente Palabra,

bajó de los altos cielos al medio de la tierra
                                                      (Sab 18, 14-16)

El corazón conoce lo que la lengua
nunca podrá proferir,
y lo que los oídos jamás podrán escuchar.
                                                             GIBRÁN

Gratuidad y silencio

Todo lo definitivo nace y se consuma en el seno del silencio: la vida, la muerte, el más allá, la gracia, el pecado. Lo palpitante siempre está latente.

Silencio es el nuevo nombre de Dios. Él penetra todo, crea, conserva y sostiene todo, y nadie se da cuenta. Si no tuviéramos su Palabra y las evidencias de su amor, experimentadas todos los días, diríamos que Dios es enigma. Pero no es exactamente eso. Dios «es» silencio, desde siempre y para siempre. Opera silenciosamente en las profundidades de las almas.

En los designios inexplicables de su Iniciativa, libre y libertadora, nacen las operaciones de la Gracia. ¿Por qué da a unos y no a otros? ¿Por qué ahora sí y no antes? ¿Por qué en este grado y no en otro? Todo queda en silencio. La gratuidad, por definición, no tiene razones ni explicaciones. Es silencio.

Por eso nuestro Dios es desconcertante, porque es esencialmente gratuidad. Todo parte de Él, la gracia y la gloria, el mérito y el salario. Nada se merece, todo se recibe. El nos amó primero. Nadie le puede preguntar por sus decisiones. Ningún ser humano puede levantarse ante Él, reclamando, exigiendo o cuestionando. Todo es Gracia. Por eso sus caminos son desconcertantes y a menudo nos hunden en la confusión.

A veces tenemos la impresión de que el Padre nos abandona. Pero, a la vuelta de la esquina, nos envuelve repentinamente con una visitación embriagadora. Aunque sus caminos normales son los mecanismos ordinarios de la gracia, de pronto el Padre nos sorprende con gratuidades inesperadas. Dios es así. Es preciso aceptarlo tal como Él es.

No hay lógica «humana» en su obrar. Sus pensamientos y criterios son diferentes a los nuestros. Lo más difícil es tener paciencia con este nuestro Dios. Lo más difícil, en nuestra ascensión hacia Él, es aceptar con paz esa gratuidad esencial del Señor, sufrir con paciencia sus demoras, aceptar en silencio las realidades promovidas o permitidas por Él. Dios es así, gratuidad.

Su gracia actúa en silencio. Se inserta silenciosamente en la complejísima entraña de la naturaleza humana. Nadie sabe cómo sucede. Nadie sabe si los códigos genéticos, las combinaciones bioquímicas o los traumas de la infancia o anteriores, obstruyen o destruyen la libertad, tierra donde echa sus raíces el árbol de la gracia.

¿El pecado? Es el supremo misterio del silencio. ¿Quién lo puede pesar? La fidelidad es un duelo entre la gracia y la libertad. ¿Quién la puede medir? ¿En qué grado presiona la Gracia, y en qué grado resiste la libertad? Todo queda en silencio, sin respuesta.

En la conducta humana, ¿cuánto hay de simple inclinación genética, heredada de los progenitores, cuánto de condicionamiento determinado por las «heridas» de la infancia, y cuánto es fruto de un esfuerzo libre? Todo queda sin respuesta.

Miremos a nuestro derredor. Condenamos airadamente a éste, porque tuvo una explosión violenta, o porque un hecho de su vida escandalizó a la opinión pública. Todo el mundo presenció la explosión o el escándalo y todos se sintieron con derecho a juzgarlo y condenarlo. Pero ¿quién presenció anteriormente sus victorias espirituales? ¿Quién sabe de las decenas de superaciones que hubo, en el silencio de su alma, antes de aquel «pecado»? Cada uno de nosotros somos testigos irrefutables de cuánta generosidad y constancia tuvimos que desplegar, cuántos vencimientos, antes de sentir nosotros mismos un poco de mejoría en la humildad, paciencia, madurez…

¡Y cuánto esfuerzo más para cuando los demás sintieron nuestra mejoría!

¿Por qué triunfan unos y otros no? ¿Por qué éste, con una inteligencia tan brillante, fue siempre un desajustado en la vida? ¿Por qué éste, mediocre, emerge por encima de los demás? ¿Quién iba a pensar que este niño, nacido en un oscuro rincón del mundo, iba a dejar una huella tan honda en la historia? ¿Quién iba a pensar que este personaje o movimiento político iba a terminar en semejante colapso? Todo está encubierto con un velo. Todo es silencio.

Todo lo definitivo lleva el sello del silencio. ¿Cuántos contemporáneos percibieron siquiera un fulgor de la presencia sustancial del Dios eterno, que habitaba en aquel oscuro nazaretano llamado Jesús? ¿Con qué ojos lo contemplaron Felipe, Natanael o Andrés? ¿Qué pensaron de El Nicodemo o Caifas?

La travesía del Hijo de Dios, bajo las profundas aguas humanas, se hizo en completo silencio. El contemplador queda mudo por este hecho. Un meteoro cruza el firmamento silenciosamente, pero al menos brilla. Dios, en su paso por la experiencia humana, ni siquiera brilló; fue eclipse y silencio. Lo que más nos admira en Jesús y en su Madre es su humildad silenciosa.

¿Cuántos se enteraron de que aquella vecina de Nazaret que acarreaba agua o leña, que nunca se metía en los asuntos de las vecinas pero que las ayudaba en sus necesidades, cuántos supieron, repito, que aquella vecina era llena de gracia, privilegiada del Señor y excelsa por encima de todas las mujeres de la tierra? ¿Qué pensaban de ella sus parientes de Caná o sus propios familiares más próximos? Todo el misterio de María estuvo enterrado entre los pliegues del silencio, durante la mayor parte de su vida. Muchos de sus privilegios —Inmaculada, Asunción…— estuvieron en silencio, incluso en la Iglesia, durante muchos siglos. Volvemos a la misma conclusión: lo definitivo está en silencio.

Receptividad

Escogí esta palabra —silencio— para titular este libro y este capítulo, porque me parecía que resumía y expresaba cabalmente la historia y personalidad de María.

Existen en la Biblia expresiones muy cargadas de connotaciones vitales, y no se dan en los idiomas modernos vocablos que puedan absorber y retransmitir toda aquella carga. Así, por ejemplo, sbalom. Nuestra palabra paz no agota de ninguna manera la carga vital de aquella expresión hebraica. Anau significa mucho más que nuestra palabra pobre. La fe, de que tanto habla Pablo, encierra armónicas mucho más amplias que esa misma palabra en nuestros labios.

De manera análoga, cuando digo silencio aplicado al caso de María, quisiera evocar un complejo prisma de resonancias. Al decir silencio, en el caso de María, estoy pensando en su disponibilidad y receptividad. Cuando digo silencio de María, quisiera significar expresiones como profundidad, plenitud, fecundidad. Quisiera evocar también conceptos como fortaleza, dominio de sí, madurez humana. Y, de manera muy especial, los vocablos fidelidad y humildad los consideraría casi como sinónimos de silencio.

Lugar de origen

Se llama María de Nazaret. El nombre de Nazaret no aparece ni una sola vez en el Antiguo Testamento ni en
el Talmud. En sus dos famosos libros, Antigüedades Judaicas y Guerra Judaica, Flavio Josefo agota toda la materia geográfica e histórica de Palestina. Pues bien, por ninguna parte aparece el nombre de Nazaret.

Como bien sabemos, los romanos en sus mapas imperiales tenían anotados cuidadosamente los nombres de los pueblos y ciudades de su vasto imperio, aun los nombres de los lugares más insignificantes. El nombre de Nazaret tampoco aparece por ninguna parte.

Nazaret «es» silencio.

Los únicos escritos que nos hablan de Nazaret son los evangelios. Y el evangelista recogió —y le pareció in- teresante el consignarlo— una ironía de Natanael, típica entre rivales pueblos provincianos: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).

De María no sabemos cuándo y dónde nació, ni quiénes fueron sus padres. No sabemos cuándo y dónde murió, ni siquiera si murió. Todo es silencio en torno a María.

De cualquier personaje importante lo primero que nos interesa, en un primer golpe de curiosidad, es cuándo y dónde nació. Acerca de cuándo nació María podríamos conjeturar una fecha aproximativa a partir de ciertas costumbres de aquellos tiempos, como por ejemplo la edad de los esponsales.

Pero acerca de dónde nació ni siquiera puede conjeturarse, porque en una región donde reinaban costumbres semi-nómadas, sus habitantes no saben de estabilidad local, por cualquier motivo se desplazan de un lugar a otro, se instalan provisionalmente en otra parte y sus hijos nacen en cualquier lugar. María pudo haber nacido en Naím, Betsaida o Caná. Nadie lo sabe.

Acerca de los padres de María no sabemos nada. La tradición, siguiendo a los evangelios apócrifos, nos asegura que se llamaron Joaquín y Ana. Pero los evangelios canónicos no nos dicen nada. Todo es incierto, nada es seguro. Los orígenes de María se esconden en el más profundo silencio.

 

En la Biblia, un silencio impresionante envuelve la vida de María. En los evangelios, aparece incidentalmente y desaparece en seguida.

Los dos primeros capítulos nos hablan de ella. Pero aun aquí María aparece como un candelabro: lo importante es la luz —el Niño—. Como ya hemos explicado, las noticias de la infancia nacieron, en su última instancia, de María. De alguna manera podríamos decir: aquí habla María. Y la Madre habla de José, de Zacarías, de Simeón, de los pastores, de los ángeles, de los reyes… De ella misma apenas habla nada. María no es narcisista.

Después, en los evangelios, aparece y desaparece como una estrella errante, como si sintiera vergüenza de presentarse: en el templo, cuando se pierde el Niño (Lc 2,41-50), en Caná (Jn 2,1-12), en Cafarnaúm (Mc 3,31-35), en el Calvario (Jn 19,25-28), en el Cenáculo, presidiendo el grupo de los Doce, en oración (He 1,14). En estas tres últimas presentaciones, no articula ni una palabra.

Después, sólo una alusión indirecta, mucho más impersonal: «nacido de mujer». Aquí, Pablo coloca a María detrás de un extraño anonimato: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Hubiese sido suficiente colocar el nombre de María detrás de la palabra «mujer», ¡y hubiera quedado tan bonito! Pero no. El destino de la Madre es quedar siempre allá atrás, en la penumbra del silencio.

Impresiona y extraña la poca importancia que, al parecer, Pablo da a María. Por los cómputos cronológicos ellos dos pudieron haberse conocido personalmente, y posiblemente se conocieron. Al reclamar su autoridad apostólica, Pablo se gloría de haber conocido personalmente a Santiago «hermano» del Señor (Gal 1,19). Sin embargo, de María no hace alusión alguna, ni siquiera indirecta, en sus cartas.

 

Fuera de esas fugitivas apariciones, la Biblia no habla nada más de María. Lo demás es silencio. Sólo Dios es importante. María transparenta y queda en silencio.

Fue como esos vidrios grandes, limpios y transparentes. Estamos en una habitación, sentados en una butaca, contemplando variadas escenas y lindos paisajes: las gentes caminan por la calle, se ven árboles, pájaros, panoramas bellísimos, estrellas en la noche. Nos entusiasmamos de tanta belleza. Pero ¿a quién debemos todo eso? ¿Quién se da cuenta de la presencia y de la función del vidrio? Si en lugar de vidrio hubiese una pared, ¿veríamos esas maravillas? Ese vidrio es tan humilde, que transparenta un panorama magnífico y él queda en silencio.

Eso, exactamente, fue María.

Fue una mujer tan pobre y tan limpia (como el vidrio), tan desinterasada y tan humilde, que nos hizo presente, nos transparentó el Misterio Total de Dios y su Salvación, y ella quedó en silencio, apenas nadie se dio cuenta de su presencia en la Biblia.

Navegando en el mar del anonimato, perdida en la noche del silencio, siempre al pie del sacrificio y de la esperanza, la figura de la Madre no es una personalidad acabada con contornos propios.

Este es el destino de María. Mejor, María no tiene destino como tampoco tiene figura configurada. Siempre está adornada con la figura del Hijo. Siempre dice relación a Alguien. Ella siempre queda atrás. La Madre fue un «silencio cautivador», como dice Von le Fort.

María fue aquella Madre que se perdió silenciosamente en el Hijo.

El silencio de la virginidad

La llamamos La Virgen. La virginidad es en sí misma silencio y soledad. Si bien la virginidad hace también referencia a los aspectos biológicos y afectivos, sin embargo, el misterio de la virginidad encierra contornos mucho más amplios.

En primer lugar la virginidad es, fisiológica y psicológicamente, silencio. El corazón de un virgen es esencialmente un corazón solitario. Las emociones humanas de orden afectivo-sexual que de por sí son clamorosas, quedan en completo silencio en un corazón virgen, todo queda en calma, en paz, como una llama apagada. Ni reprimida ni suprimida, sino controlada.

La virginidad tiene hundidas sus raíces en el misterio de la pobreza. Posiblemente es el aspecto más radical de la pobreza. Yo no entiendo esa contradicción que se da en nuestros tiempos posconciliares en los medios eclesiásticos: la tendencia a exaltar la pobreza y la tendencia a subestimar la virginidad. ¿No será que no se entiende bien ni lo uno ni lo otro? ¿No será que ciertos eclesiásticos quieren bogar sobre la espuma de la moda exaltando «lo pobre» en la línea marxista y rechazando «lo virgen» en la línea freudiana? Sin embargo, el misterio profundo, tanto de la pobreza como de la virginidad, se desarrolla en una latitud ¡tan distante de Marx y de Freud…! en el misterio final de Dios.

Soledad, silencio, pobreza, virginidad —conceptos tan condicionales y entrecruzados— no son ni tienen en sí mismos valor alguno; son vacíos y carecen de valor. Sólo un contenido les da sentido y valor: Dios.

Virginidad significa pleno consentimiento al pleno dominio de Dios, a la plena y exclusiva presencia del Señor. Dios mismo es el misterio final y la explicación total de la virginidad.

Es evidente que la constitución psicológica del hombre y de la mujer exige mutua complementariedad. Cuando el Dios vivo y verdadero ocupa, viva y completamente, un corazón virgen, no existen necesidades complementarias, porque el corazón está ocupado y «realizado» completamente. Pero cuando Dios, de hecho, no ocupa completamente un corazón consagrado, entonces sí nace inmediatamente la necesidad de complementariedad.

Los freudianos están radicalmente incapacitados para entender el misterio de la virginidad, porque siempre parten de un presupuesto materialista y por tanto ateo. No tienen autoridad, les falta la «base» de experimentación y por consiguiente «rigor científico» para entender una «realidad» (virginidad «en» Dios) que es esencialmente inaccesible e incluso inexistente para ellos.

La virginidad sin Dios —sin un Dios vivo y verdadero— es un absurdo humano, desde cualquier punto de vista. La castidad sin Dios es siempre represión y fuente de neurosis. Más claro: si Dios no está vivo en un corazón consagrado, ningún ser normal en este mundo puede ser virgen ni casto, al menos en el sentido radical de estos conceptos.

Sólo Dios es capaz de despertar armonías inmortales en el corazón solitario y silencioso de un virgen. Y de esta manera Dios, siempre prodigioso, origina el misterio de la libertad. El corazón de un verdadero virgen es esencialmente libertad. Un corazón consagrado a Dios, en virginidad —y habitado de verdad por su presencia—, nunca va a permitir, no «puede» permitir que su corazón quede dependiente de nadie.

Ese corazón virgen puede y deber amar profundamente, pero siempre permanece señor de sí mismo. Y eso porque su amor es fundamentalmente un amor oblativo y difusivo. El afecto meramente humano, por esconder diferentes y camufladas dosis de egoísmo, tiende a ser exclusivo y posesivo. Es difícil, casi imposible, amar a todos cuando se ama a una sola persona. El amor virginal tiende a ser oblativo y universal. Sólo desde la plataforma de Dios se pueden desplegar las grandes energías ofrendadas al Señor, hacia todos los hermanos. Si un virgen no abre sus capacidades afectivas al servicio de todos, estaríamos ante una vivencia frustrada y por consiguiente falsa de la virginidad.

De ahí sucede que la virginidad sea libertad. Un corazón virgen no «puede» permitir que nadie domine o absorba ese corazón, aun cuando ame y sea amado profundamente. Dios es libertad en él. Posiblemente, el signo inequívoco de la virginidad esté en esto: no crea dependencias ni queda dependiente de nadie. El que es libre —virgen— siempre liberta, amando y siendo amado. Es Dios el que realiza este equilibrio. Así fue Jesús.

Si Dios es el misterio y la explicación de la virginidad, podríamos concluir que, cuanta más virginidad, más plenitud de Dios y más capacidad de amar. María es plena de gracia porque es plenamente virgen. De modo que la virginidad es, además de libertad, plenitud.

María es una profunda soledad —virginidad— poblada completamente por su Señor Dios. Dios la colma y la calma. El Señor habita en ella plenamente. Dios la puebla completamente. Esa figura humana que aparece en los evangelios, tan plena de madurez y paz, atenta y servicial para con los demás, es el fruto de una virginidad vivida a la perfección.

Extracto de “El silencio de María” de Ignacio Larrañaga, Cap. 3

 

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