Sin perdón no habrá paz

Inmaculée Ilibagiza (44), pasó tres meses escondida en un baño, en pleno Genocidio de Ruanda. Su libro, testimonio de esa masacre, es un Bestseller mundial.

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El lago Kivu dominaba la colina cercana a su casa en la aldea de Mataba y ella, Inmaculée Ilibagiza, era profundamente feliz: tenía los amaneceres frescos, antes de que el sol ajusticiara el ánimo de todos a puro rayo; lo era por las cotidianas charlas íntimas mantenidas en voz baja con su Dios, siempre de frente a la naturaleza inconmensurable de África, el continente que ella ama y extraña.

Compartía, a sus 22 años, una cotidianeidad tranquila con sus padres, maestros de profesión, y sus hermanos menores, en la quietud de días monótonos y llenos de ecuaciones matemáticas difíciles que le demandaban las materias de Ingeniería, la carrera que cursaba. Raro en una chica de la etnia tutsi de Ruanda, país de muchos analfabetos entre la población en general y las mujeres en particular, que no tenían acceso a la educación en esos días tensos de 1994. Pero Inmaculée Ilibagiza lo había logrado a puro esfuerzo y era feliz, muy feliz.

Al menos lo fue hasta principios de abril de 1994 cuando su edén trocó en infierno y un millón de personas fueron asesinadas en cien días a machetazos empuñados por los vecinos de su aldea, amigos íntimos, compañeros de vida que se convirtieron en monstruos y dieron origen a lo que se conoció como el “Genocidio de Ruanda”.

Era Semana Santa. Era el día de postración familiar frente a la Cruz de Jesús que tanto amaban, eran sus vacaciones en Mataba y era, también, el comienzo de su segunda vida: la de víctima, refugiada, sufriente, escondida. Por esa fecha, el avión en el que viajaba el presidente Juvénal Habyarimana, junto a su homólogo de Burundi, fue alcanzado por un misil. El magnicidio dio comienzo al genocidio. A veinte años de ese horror, las cifras ayudan a mensurarlo: en cinco meses murieron asesinados entre ochocientos mil y un millón de tutsis (y hutus moderados). Esto provocó que dos millones de personas debieran refugiarse. El 85% de la población, los hutus, agredió, torturó y aniquiló de manera sistemática al otro 15% tutsi. Las crónicas son impresionantes: hubo violaciones masivas, amputaciones a golpe de machete, cientos de personas quemadas vivas y ejecuciones de niños.

Tres meses escondida
“Yo logré huir de la aldea -contó esta hermosísima mujer, alta y mecida por su andar como si fuera un junco; con hablar pausado, manos firmes y finas y pelo rizado con mechas rubias, que recuerda vagamente a alguna modelo de alta costura-. Nos refugió, a mí y a siete mujeres más, un pastor protestante hutu durante 91 días. Estábamos encerradas en un cubículo, el baño de la casa, sin poder salir y escuchando del otro lado de la pared a los rebeldes gritar mi nombre una o dos veces al día, para que saliera. ‘Inmaculée, sabemos que está ahí’, gritaban, y nosotras conteníamos el aire para que no nos descubrieran y prendieran fuego”.

Fueron, dice, tres meses tremendos, en los que ella encontró paz rezando 27 veces al día el rosario que su padre le había regalado y que milagrosamente, había conservado. Y decimos “milagrosamente” porque Inmaculée sostiene que todo lo que sucedió durante el cautiverio fue un milagro de Dios, del Dios cristiano que la sostuvo y le habló.

Esto y más contó Inmaculée hace pocos días, en Buenos Aires, donde vino a presentar su último libro, Sobrevivir para Contarlo , donde relata los episodios vividos, tan fuertes que espantan.

“En Ruanda -escribe esta mujer ahora radicada en los Estados Unidos, casada y madre de dos hijos- todo los miembros de una familia tienen un apellido distinto. Los padres le dan a cada hijo un apellido único en su nacimiento, uno que refleje los sentimientos de la madre o del padre en el que ven por primera vez los ojos de su recién nacido”. En Kinyarwanda, la lengua nativa de Ruanda, Iligabiza, significa “resplandeciente y hermosa en cuerpo y alma”.

Lo que la mujer no sabía durante su cautiverio en el baño, donde adelgazó tanto que casi muere de inanición, era que afuera los rebeldes mataron a 94 personas de su familia, entre ellos su padre y su hermano, a quienes nunca pudo identificar, a pesar de su peregrinación por fosas comunes.

La fuerza del perdón
Sin embargo, de paso por la Argentina, Inmaculée sólo se refirió a su reconversión a la fe y a la fuerza del perdón como arma para exorcizar el daño causado. Sin sombras de odio, dice que durante el cautiverio “oía con frecuencia la voz de Dios y la del Diablo” disputándose su voluntad para perdonar u odiar; para salir y ayudar al prójimo, o lograr la libertad sólo para cumplir con la idea de la venganza que la atrapaba y corrompía y el perdón y la ayuda.

“Pero no pudo conmigo esa segunda voz. Y cuando salí entendí que tenía la misión de ayudar a mis hermanos y perdonar. Sólo amándonos los unos a los otros podremos lograr la paz que necesita el mundo. Creo que ese fue el secreto para que Ruanda haya podido resurgir de las cenizas y que, por ejemplo, de dos universidades restrictivas para las mujeres, hoy tengamos 27 y que el parlamento, destinado a los hombres, hoy tenga el 55% de los escaños ocupados por mujeres”.

¿Qué diferencia hay con la Shoá, el Holocausto vivido por el pueblo judío y los ruandeses, preguntamos. No mucha, concluimos luego de leer la larga saga de muerte de ambos pueblos. Excepto que muchos judíos, especialmente los sobrevivientes, estaban alfabetizados (con muchos intelectuales y pensadores entre los que dejaron testimonio) y pudieron contarlo. Además, lo que pasó, pasó en el centro del mundo, Europa, mientras que los ruandeses no tienen (o tenían en 1994) la más básica de las educaciones y no pudieron decirlo, además de vivir en un continente permanentemente aplastado por las enfermedades, la devastación, la complicidad de países otrora colonialistas, como Francia, que apoyaron políticamente a los Hutus y el silencio repulsivo de funcionarios corruptos que miraron en otra dirección y obligaron a todos los actores de este drama universal a sellar la boca.

“Nosotros –reflexiona Inmaculée- aprendimos las lecciones de la Shoá e intercambiamos experiencias con los sobrevivientes, fue muy enriquecedor para todos”. Y no puede dejar de ponerse a hablar de alguien a quien ella admira y ama y por lo que secretamente pasó por Buenos Aires: el Papa Francisco y la Virgen de Luján.

Inmaculée ya no quiere vengarse de nadie, activamente propone mantener los sitios de memoria donde hubo masacres y creó la Fundación Ilibagiza, para ayudar a las personas en Ruanda a sanarse de los efectos prolongados del genocidio y la guerra.

Trabaja, además, con la ONU y, venciendo sus propios miedos, viajó en varias oportunidades a Ruanda, en misiones de ayuda. Y clama, sigue clamando en cada palabra en cada gesto el valor del perdón para que la paz, aún esa paz tensa que reina en tantos países, pueda sostenerse.

Fuente: Clarín

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